LA TAROTISTA
Es exigente el trabajo
de no hacer nada… ni conocer a nadie. Aunque no lo crean, Santiago Centro es un
gueto que cuesta conocer y afincarse. Cuando vivía en la Plaza Ñuñoa, todo me
era cercano y familiar. La gente se saludaba en la calle e incluso se podía ver
de vez en cuando a un boy scout ayudando a cruzar la calle a una viejita. Como tengo tiempo –de sobra- ya que Lulú, mi única conocida en el barrio es de las que se mata trabajando y cuando nos encontramos, poco tiempo tiene para soportarme, decidí recorrer lo que se puede llamar “el entorno” con el fin de registrarlo en mi alicaída memoria y tratar de no perderme en esta jungla de cemento. Como Lulú me advirtió que no intentara salir en la noche, más allá de las diez -dijo-, estoy ocupando mis horas laborales para ir haciéndome una ruta que tiene como kilómetro cero la Plaza de Armas de Santiago.

- ¿Quieres verte el tarot, abuelo?
- ¡Abuelo y la que te parió! Lo siento –respondí-, pero voy apurado.
- Anda, dale… Son tres cartas por dos mil pesos.
Me cayó bien la chiquilla
(tenía buenos parachoques), así que me senté a su lado y le pasé dos lucas.
Ella me pasa un mazo de
naipes raros bastante raídos y me hace escoger tres cartas.- Vamos abuelo. Elige a tu gusto.
Estuve a punto de
mandarla a la mierda, pero como el resto de los ambulantes miraban la
situación, preferí decirle que me llamara Exe, que era mi nombre.
-
Bien Exe –responde- Yo soy Katty, vengo
de Pozo Almonte y me gano la vida sacando el tarot- Yo pensé que eras peruana.
- No perrin. Soy chilenita, de dientes limpiecitos y potito duro.
Nunca me preocupé de
las cartas ni lo que me decía. Ocupaba palabras como arcano, el loco, pasiones
y obsesiones, indecisión, irracionalidad, apatía, complicaciones. Decisiones
equivocadas, caídas, abandonos, inmovilización, desborde emocional, etcétera,
etcétera… Yo miraba a Katty, que tenía bonitos ojos y vestía limpiamente, onda
Dijon, pero limpia. La interrumpí ya que era pasado mediodía y en diagonal a la
Iglesia había una fuente de soda que a simple ojo parecía que podría vender
buenos sangúches. Como no soy corto de genio, le pregunté si quería acompañarme
al boliche del frente a comer algo. Me miró con cara de ¿eso y nada más?, aun
así me hice el de las chacras y ella guardó sus naipes en su cartera de gamuza
artesana, se levanta de las gradas, se limpia el trasero y dice: ¡Estoy lista!

Definitivamente el
centro de la capital cada día se pone más bizarro.
Tenía una Vespa y se
movilizaba en ella por todo Santiago. Le iba bien en el centro ya que estaba acostumbrada
a leerles los naipes a los inmigrantes que siempre, “siempre” –recalcó, hacen
la misma pregunta y ella era una experta en responderles. Quiso en algún
momento regresarme las dos lucas de mi consulta, pero le dije que las guardara
para la bencina de su motoneta. Como a las 5 de la tarde se puso inquieta y me contó
que tenía que regresar a “su trabajo” ya que comenzaba el peak del día. –Ven a
verme luego, dijo, ya que de lo poco y nada que sé del tarot, una de las cartas
que elegiste es demasiado freak.- ¿Cuál sería?, pregunte inocentemente
- El Mago, respondió. ¡Y apróntate, macho!
Me dejó solo en un
Santiago diferente. Dos semanas en el centro y había conocido dos mujeres: Lulú
y Katty. Cada una en su estilo y convicciones. Después que se marchó me percaté
que no habíamos intercambiado teléfonos (o sea wasap), por lo tanto tendré que
regresar a la Iglesia para poder verla nuevamente.
¿Será un signo divino?
Exequiel
Quintanilla