UNA NOCHE EN SANTA CRUZ
Bendita
ella ya que apenas llegamos a la plaza de Santa Cruz le dieron ganas de hacer
pipí. Natural de todos modos y no es para escandalizarse. A mí también me
pasaba lo mismo pero aguantaba estoicamente. ¿Dónde mear tranquilamente, me
pregunté? En el hotel, me respondí cuando haciéndonos pasar por huéspedes entramos
a los impecables baños del hotel que está al frente de la plaza y que aún no
conocía. Sofía entró al de la izquierda y yo al de la derecha y quedamos de
juntarnos detrás del ascensor.
Satisfechos
nuestros naturales deseos (o necesidades como quiera llamársele), comenzamos a
recorrer el pueblo. Próspero se ve. Mucha camioneta y 4 x 4, casi todas con
patentes de cuatro letras, o sea, nuevitas. Pululan gringas con shorts y sus
acompañantes con pantalones a cuadritos. Tiendas de artesanía cuica abundan en
las cercanías de la plaza. Artesanía de la cara, obvio. Sofía, mujer al fin,
quería comprar lo que fuera. Así que antes de cualquier aperitivo (ya era
hora), partimos a las tiendas ubicadas en las cercanías.
-¿Un
tupu? ¿Para qué necesitas un tupu?
-
Pa’ mi echarpe poh’- ¿Y desde cuando usas echarpe?
- Mira Exe. Echarpe es lo mismo que una mantilla, un chal o una bufanda grande, para que te vayas ubicando. Y este alfiler mapuche es ideal para cerrarlos, o sea, como un botón… ¿Captáis?, me respondió en forma irónica.
Quince
lucas costó el botoncito. Ni de uranio que fuera. Sin embargo la veía feliz y
entretenida revisando bisuterías varias y una que otra cosilla de cuero. A esa
hora mi garganta pedía a gritos un aperitivo. Mal que mal el viaje había sido
largo. Traté de interrumpir sus compras pero una sola mirada me convenció que
eso iría para largo.
-
Guachita (así le digo a veces), ¿Qué tal si te espero en el bar del hotel?
-
¿Estás cansado?- Ni modo, respondí mintiendo a más no poder. Es para que vitrinees lo que quieras y con tranquilidad.
- Está bien veterano, respondió. Ándate al bar, yo de ahí te alcanzo.
Pedí
un sour doble, ojalá triple, le ordené al barman mientras observaba las bellas
turistas del lugar. Algunas eran mamás (y que Dios me perdone pero estaban de
comérselas) y otras no muy agraciadas pero con mucho oro en sus muñecas y
cogote. Las acompañaban tipos con sweaters al hombro y pantalones Dockers. Toda
una fauna santacruzana y turística que vale la pena conocer. A medio sour, o
sea al rato, llegó mi Sofía, con dos bolsas, una en cada mano.
-
No me preguntes nada. No abras la boca, expresó. Son un par de cosillas que
necesitaba.

Me
hice el desentendido y recogí sus paquetes. Le ofrecí un aperitivo y ni
siquiera dudó. Un sour igual para ella y otro, en porción normal para mí. Nos
sentamos en las mesas del bar para beber tranquilamente nuestro aperitivo.
Lucía espléndida. La primavera parece que le hace bien. Cuando me contaba de
sus adquisiciones observe un mozo que acarreaba unas empanadas en una bandeja y
me dio hambre. Nos dio hambre en realidad ya que mi musa también las había
visto.
-
¿De qué son las empanadas, señor?
-
De cochayuyo y queso de cabra, respondió. ¿Desea algunas?
Sofía
puso cara de asco ya que no le gusta el cochayuyo. Yo me entusiasmé y pedí un
par. -Para probar, le dije al mozo. Eran fritas a la minuta y se demoraron un
poco. Como ya había liquidado mi segundo sour y Sofía ya me estaba mirando con ojos
golosos después de su porción doble, divisé un rosé Chaman que no estaba en mis
libros y solicité una botella para “empujar” las empanadas. Las encontramos
fuera de serie y ya que estábamos con hambre pedimos cuatro más. No eran
grandes ni chicas, pero sería nuestro almuerzo. El rosé, digno y bueno, nos dio
una modorra de miedo pero la bebimos enterita.
Mi
paquita, casinera cuando anda sin su uniforme, me rogó que pasáramos al casino
de juegos. Realmente no me gusta mucho la cuestión esa, pero ella estaba tan
reluciente que acepté. Yo a esas alturas tenía ganas de regresar a la capital.
Caminamos los metros que separan el hotel del casino, ella con su bolso-cartera
y yo con las bolsas de sus compras. ¡Menos mal que las bolsas eran livianas!
No
me van a creer pero le torció la mano al casino y se guardó su buen par de
lucas en su faltriquera. –Como para regresar en taxi a Santiago, me contó
mientras caminábamos por unas calles casi vacías el jueves a media tarde.
-
Exe ¿Te puedo hacer una proposición indecente?
-
¿Cuál sería?- ¿Te parece que con las utilidades del casino nos quedemos esta noche acá? Hay tanto que conocer y visitar. Cenamos en algún boliche por ahí y mañana aprovechamos el día para recorrer la zona. Me han contado que hay de todo y para todos…
- ¿Y dónde dormiremos?
- En una cama puh’ menso. Y mostrando su bolso con las ganancias me mira profundamente (sólo como ella sabe hacerlo cuando se pone empalagosa) y me dice cariñosamente:
- ¡La primera será por el casino!
Cómo
si hubiese segunda a estas alturas de la vida…
Exequiel Quintanilla