LA COCINA DEL SIGLO
PASADO
Las
abuelas (las de del 2018) son increíbles y eso me hizo recordar a la propia.
Cuando cumplió cincuenta años, se echó en una silla de ruedas y nunca más hizo
nada. Vestía de negro por la muerte del abuelo y peinaba sus canas con un
tomate en la nuca. Mis tías eran similares y también vestían de negro. Eran
cariñosas pero nunca se sacaban los bigotes. Hoy, muchas mujeres sobrepasan esa
edad y aun expelen feromonas. No tantas, pero algo es algo.
Mis
hijos aún se solazan con sus tías cincuentonas y no les falta un comentario
cuando le miran las piernas. No cabe duda que hemos avanzado en esto de la
calidad de vida y la esperanza de sentirse joven. Conocí a mi abuela vieja y
fue vieja durante los treinta años que compartí con ella. Hoy, las abuelas
hacen pilates, yoga, les gusta el vodka más que el agua de las Carmelitas y
hasta son capaces de tener amantes más jóvenes que ellas.
¿Qué
tiene que ver esto con la cocina?
Mi
abuela y mis tías nacieron orgánicas, tendencia que hoy tiene múltiples seguidores.
Los tomates eran de la chacra y sólo en verano. Ni hablar de los limones que
solo tenían tres meses de vida. Los cerdos en esa época eran chanchos y los
vacunos eran sencillamente vacas. Las gallinas comían maíz (no transgénico) y
la empleada de la casa (en esa época no existían las nanas) les estiraban el
cogote para matarlas y luego de desplumadas le quemaban los “cañones” en el
fuego (no de las cocinas, ya que no existían las cocinas a gas). Mi abuela y
mis tías tomaban “fuerte” en unos vasitos que parecían dedales. Leían las
revistas Eva, Zig Zag y Confidencias mientras las más jóvenes escondían los
Ecran, que era algo así como los programas de farándula de la actualidad.
En
esa época no existían transgénicos ni clones. El vino era vino (blanco o tinto)
y nadie se preocupaba de las cepas. Se bebía chacolí y aguardiente de Doñihue o
de Chillán. Penicilina y cafiaspirina eran los medicamentos para todo mal. Pero
ellas creían más en los yerbateros para pasar sus penurias. Cuando alguna
llegaba al hospital, la familia completa partía lo más rápido posible a las
pompas fúnebres para hacerles un funeral lo más digno posible.

Y
aún con esa alimentación –y a esa edad- tiene
buenas piernas y buen trasero. Se viste de rojo, verde pistacho y pinta su pelo
con colores atrevidos. Poco le falta para hacerse un tatuaje y me lo ha
preguntado varias veces. O sea, tiene la intención. Vive sola y disfruta de la
vida. Sus hijas son sus hijas y sus nietos son sus nietos, pero ella tiene vida
propia.
¿Qué
nos ofrecen los fundamentalistas orgánicos, los vegetarianos, los veganos? ¿No
ingerir químicos en nuestra alimentación? ¿Comer lo de nuestros abuelos?
Posiblemente, pero no dudan de tomarse un Ravotril cuando se sienten
angustiados. ¿No es química pura ese medicamento?
No
hace mal escribir de vez en cuando algo importante. Constanza, loca ella, se
fue por todo mayo a Barcelona y se compró una tanga nueva para tomar sol.
Definitivamente, lo que queda de mi abuela debe estar dando vueltas en la
tumba.
Como
lo comenté hace un tiempo: “Mientras tanto, muchos deberemos seguir con la
dieta impuesta por los países desarrollados. Esa llena de vitaminas y quien
sabe qué más, que hizo crecer a nuestra población a niveles insospechados desde
los años 60. Hoy es normal ver lolos de metro noventa y calzando cuarentaycinco
y lolas con unas pechugas descomunales. ¿Habrá que dar las gracias por ello o
es mejor volver a los años que vivíamos sin transgénicos, sin Monsanto (hoy
Bayer) y sin químicos?”
Es
un tema difícil y tremendamente complicado. Seguidores y detractores los hay
por millones. Nadie desea transgénicos en sus tierras y ya hay países con leyes
que destierran (por un tiempo) este tipo de agricultura. Es posible que este
sea un buen tema para conversar estas tardes de invierno junto a un recio
cabernet (de uvas orgánicas, obvio, para estar a tono) mientras llega el
atardecer. Por lo menos es una materia que no se agota fácilmente.