EL VINO DE LA CASA
Por Pepe Iglesias, desde España.
No voy a hablar de batallas perdidas, porque cuando uno las ha perdido todas, ya debe hablarse de guerra perdida, y eso es lo que me pasa con el vino de la casa.
Con cierta
regularidad, saco a relucir este escabroso asunto y, como es lógico, nadie me
hace ni puñetero caso.
Cuando este servidor
era tabernero, mi preocupación por buscar un vino digno a la vez que asequible
para representar parte de la imagen de mi restaurante, me llevó a vivir
experiencias de lo más pintorescas. De hecho, en Francia, es muy habitual
juntarse unos cuantos colegas para visitar unas cuantas bodegas de Burdeos,
Borgoña, o Loira, con el fin de escoger el vino que mejor relación
calidad/precio ostente, y con él poder dar un buen servicio a sus clientes (a
la vez que trincar un buen pellizco, porque en ese vino es donde hay más margen
comercial ya que no está en el mercado doméstico).
Es habitual que en
París se elija un bristrot porque el dueño ese año ha conseguido el mejor
claretillo perfumado del “arrondissement”, y en los pueblos ya no digamos,
porque aquel “petit coin” que no ofrezca un vino decente a los parroquianos, ya
puede ir pensado en reconvertir su negocio en zapatería, porque no venderá ni
un chato.

Pero hete aquí con
que, el otro día, en un comedero de estos de menú del día (entré a tomar una
cañita, vi que tenían rollo de ternera y se me antojó), me pusieron una de
estas pócimas, solo potable con gaseosa bien fría y, mirando la botella
mientras esperaba los manjares, en la contra etiqueta leí: “Vivo color rojo
granate. Aroma intenso de regaliz, bayas negras y cerezas, con un marcado
carácter balsámico”.
No solté una carcajada
porque estaba solo y sentí vergüenza, además de indignación, claro, porque
aquel líquido violáceo, según el mismo documento, procedente de Ciudad Real y
de uva Tempranillo (allí ha de llamarse Cencibel), no sabía si no a depósito
sucio, a bodeguza.
Como el asunto me
pareció tan sangrante, intenté rastrear el registro de embotellador, pero no lo
conseguí, aunque sí el del marquista, a quién llamé simulando ser un ranchero
interesado en su vino, y me lo ofreció a casi un euro. De ahí descuenten el
trasporte, margen del marquista distribuidor, tapón de corcho, cápsula híbrida,
botella de vidrio, etiquetado, etc.
La etiqueta venía en
bilingüe, español/inglés (los manchegos todavía no han inventado idioma
propio), por lo que se deduce que este vino irá a la exportación y quizás ahí
esté su fuerte.