PERRO MUERTO
Mi tía Adelaida me tenía agotado. Yo
pensaba que era un profesional en esto de los vinos y destilados, paro me di
cuenta que comparándome con ella sólo era un aficionado. –“Vine a Santiago a
pasarla bien”, comentaba, y creo efectivamente fue así. Tan cansado me tenía
que el martes pasado salió sola. –“Quédate en casa”, me dijo. -“Es mi última
noche en Santiago y saldré de todas maneras”
Cuando el reloj marcaba la medianoche,
comencé a preocuparme. ¿Celular? ¡Nones!, ella no tiene. Me di vueltas como un
enajenado por el departamento sin saber qué hacer. Los cargos de conciencia
eran grandes. ¿Cómo le explicaría a mi primo Exe que su madre salió a bartolear
y nunca regresó?
Mi cabeza daba vueltas y vueltas. En eso
suena mi celular. ¡Al fin!, pensé. Por fin a esta vieja de mierda se le ocurrió
reportarse.
No era ella y es el principio de esta
historia.
- ¿Don Exequiel Quintanilla?
- Con él habla…- Soy el sargento Valdés de la 19ª Comisaría de Providencia. Tengo a mi lado una señora bastante mayor que dice que vive con usted.
- ¿Será la tía Adelaida?
- Bueno, ella dice que se llama Adelita.
- ¿Le pasó algo?, dije medio asustado…
- A ella nada, pero rompió un cajero automático.
- ¿Cómo?
- Con una manopla reventó la pantalla. El cajero estaba fuera de servicio.
- ¿La van a dejar detenida?
- Bueno, a decir verdad no. Pero necesitamos que la venga a buscar.
- ¡Bien le haría a la veterana quedarse un par de días en el calabozo!
- Es que llamamos a la teniente Jaraquemada
- ¿A Sofía?
- Ella nos pasó su tarjeta y cuando la llamamos confirmó que usted era su sobrino.
Hábil la veterana. Había sacado de mis
faltriqueras la tarjeta de presentación de Sofía y eso la salvó. Bueno, también
se salvó ya que los pacos comprobaron que la tía tenía diez palos disponibles
en su cuenta. La fui a buscar y al verme me dice –“Tengo sed, sobrino, ¿Dónde
vamos?”

- ¿Viste que eres un cartucho?
- ¿Por qué tía Adelita?
- ¡No me digas tía!, vejete. Si no fuera por mí, estarías durmiendo. Ya tendremos tiempo para dormir cuando se nos acaben los días en esta tierra.
Salimos a las cuatro de la mañana del
boliche. Ella quería pagar pero se le quedó trancada la tarjeta en el cajero
que hizo mierda. A decir verdad, ahí se acordó. ¿Qué hacemos, sobrino?
- Tía. No me alcanza para pagar la
cuenta.
- ¡No me digas tía!, bolsa de caca.- No me alcanza… Adelita.
- ¿Te tinca un perro muerto?
- ¿Cómo es eso?

- ¿Cómo se siente, tía?
Lanza una carcajada inmensa y me dice - ¿Lo hice bien, Exe?
Terminamos la gran noche bebiendo en el
depa un pisco Waqar que me había llegado de regalo.
–“¡Hace tiempo que no
gozaba tanto!, comenta. Y entre risas y lágrimas me dice que depositará en mi
cuenta del banco el monto que quedamos debiendo en la Casa de Cena. Ella
partiría al día siguiente a su natal Renaico.
El viernes partí a pagar la cuenta del
restaurante. El mozo que nos atendió me sorprende cuando dice que está todo
pagado. “Su tía canceló por adelantado”, me cuenta. “La señora montó esta
historia para hacerle más entretenida su vida”, finaliza.
Yo, que pensaba aburrirme con la
veterana, resultó ser una caja de Pandora. Y eso que vive en Renaico. Si
viviera en Santiago, ni duden que la “poto de pistola” ya había encantado a
media ciudad.
¡Esa es mi tía, mierda!
Exequiel
Quintanilla