EL DÍA DE LOS
ENAMORADOS
(Los hechos de esta crónica no son reales,
pertenecen a la ficción. Cualquier semejanza con la realidad es pura
coincidencia)
Exequiel Quintanilla
Ya es
tradición. El 14 de febrero próximo hay que salir a cenar. Sí o sí. O sea, no
hay “tu tía” para quedarse en casa. Con días de anticipación hay que preparar
todo. Y en el caso de las féminas, ese todo no es precisamente depilarse. Ellas
deben preocuparse dónde dejar a los pendex, ya que la salida a cenar ese día
está marcado en su reloj biológico. La nana peruana, de vacaciones y en el
Perú; la tía solterona anda medio enferma de los nervios y tampoco serviría.
Aparte de tres asados con los amigos, dos matrimonios, tres bautizos, la
comilona del 18 y un par de almuerzos perdidos en el año con sus compadres, el
Día de los Enamorados es la cena del verano. Y para muchas la del otoño,
invierno y primavera.
Poco importa
que el matrimonio esté “pal gato” y que no se hablen durante meses. El hombre
de nuestra historia también se preocupa con anticipación. Le inquieta más que
nada el presupuesto. Revisa precios, nunca menús. Tiene claro que si no saca a
la “vieja” arderá Troya y que la situación se podría volver insostenible. Busca
incansablemente las ofertas de todos los merenderos que ese día reciben a los
enamorados. Bueno, ese es un decir ya que lo que menos les queda es amor.
Cariño quizá, mal que mal son los padres de los mellizos.
Desde
inicios de febrero todo se transforma en caos. Ella buscando quien asume un
rato a sus polluelos que de tranquilos no tienen nada. Él, saca cuentas.
Aparte, la bendita fecha es más que salir a cenar. Es parte de un rito social
que luego se comenta. ¿Dónde fueron a cenar? ¿Cenaron y algo más?, preguntan
inquisitivos y maquiavélicamente los amigos de la pareja, amistades que saben
que el matrimonio se saca los ojos diariamente.
Por eso ambos andan preocupados.
A él le
gustaría llevarla al Quitapenas para celebrar el amor que se murió. A ella le
encantaría que la llevaran a Nueva Costanera para después vanagloriarse con sus
amigas. Un hotel también podría ser, pero mejor que no. No vaya a ser que la
cosa pase a mayores. Él no piensa para nada en Nueva Costanera. Lo conocen
todos los mozos de los boliches de la zona y sería bochornoso que lo saluden
ese día de mano.
¿Qué día ese
tal Valentín, no?

Él se
preparó también con los temas que se tratarían en la cena de los enamorados:
los hijos, el colegio, la profesora de inglés y su hijo disléxico, el
sicopedagogo, la nana que está agarrando con el carabinero del cuadrante, las
manfinflas tempranas de los mellizos, el seguro de accidentes y el dentista;
las horas que sus príncipes pasan pegados al PC, el inicio de la adolescencia y
la poca pelota que le da a sus retoños -“También son hijos tuyos”, será lo que
gritará ella a mitad de la cena. Y de ahí en adelante, la acidez y el ánimo lo
obligará a tomarse el Maloox forte que lleva consigo para ocasiones especiales.
Ambos lo
saben. Hace años que el tema no cambia. Varía de acuerdo a la edad de los
guachos pero el fondo de la conversación es siempre el mismo. Pero igual hay
que salir a cenar. El qué dirán le importa a ella; no ser tan avaro y mantener
las apariencias, le importa a él.
Cuando llega
el día ella besa la copa de champagne. Él se empina un martini bien seco y a la
vena para tomar fuerzas. Al final escogió un lugar neutral. No le saldría
barato pero ahí no lo conocen y podrá pasar piola. Ella pasó a dejar a sus
querubines a la casa de su mamá ya que es la única (amor de madre) que puede
soportar a los bandidos. Pasó por el mall y se compró una tenidita para
sentirse mejor. Está claro que él no lo notará. Pero ella se siente más jovial
y entre las flores del vestido disimula el rictus que mantiene permanentemente
en su cara.
¡Pensar que
fuimos felices!, pensaban en silencio cuando llega el plato de fondo. Ella
juega con los vegetales y su tenedor revolviendo la comida. Él, pensando en la
cuenta final se come todo el pescado, el acompañamiento; el pan y la
mantequilla. También bebe sus copas de vino y las de su mujer. Ella había
pedido un jugo de frambuesas para acompañar el abandono.
Cuando llega
el postre ya estaba todo dicho. Una vez al año cenan solos y saben que siempre
la ocasión termina igual. Tomaron café y cancelaron la cuenta. Ella salió con
una rosa, regalo del restaurante. Él se percató del vestido nuevo de ella, pero
no dijo nada.
Era temprano aun cuando pasaron por la casa de
la suegra a buscar a los retoños. Él no se bajó del auto, -“dale mis cariños a
tu mamá”, fue todo lo que dijo. Regresaron en silencio a la casa. Esa que
compraron cuando todo iba bien y que aún les falta quince años para terminar de
pagarla. Ella fue a acostar a los niños y él se relajó en el living con una
doble porción de whisky que había quedado del Año Nuevo.
¿Lágrimas? Ninguna. Están acostumbrados.
¿Día de los enamorados?...