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Fachada exterior

miércoles, 4 de mayo de 2011

EL PIRATEO



ALCOHOLICOS, BEBEDORES Y BORRACHOS

* Pepe Iglesias. www.enciclopediadegastronomia.es

En más de un artículo he hecho mención a que, en las culturas latinas la borrachera suele ser un acto accidental, una consecuencia no deseada inducida por un momento de euforia, una celebración, una fiesta, una gran noticia..., mientras que en las culturas anglosajonas, es un fin. Hay una intencionalidad buscada que nada tiene que ver con el disfrute gastronómico de las bebidas.

En la última novela de Ennig Mankell, me hizo mucha gracia leer como su protagonista, el famoso inspector Walander, había cenado con una botella de vino y un par de copas de brandy, con lo que salió tan puesto del restaurante, que hasta se le olvidó su arma reglamentaria encima de la mesa. Obviamente se produjo un escándalo que casi le cuesta el cargo, pero cuando habló con su jefe, le dijo: “No bebí, bueno, es cierto que cenando tomé más alcohol del deseado, pero no fui a beber, ya me entiendes”.

Esa frase me pareció más ilustrativa que todo lo que se pueda escribir al respecto, porque un sueco, un señor serio, responsable y con sesenta años de trajinar por el mundo, establecía la diferencia entre beber al estilo escandinavo, o sea, tragar alcohol destilado hasta caer sin conocimiento, y haberse pasado un poco con el placer de la buena mesa

Beber es beber, y el alcohol es alcohol, aquí y en Indochina, pero en España establecemos muy claramente las categorías, porque un borracho es un ser despreciado por la sociedad, una persona marginal a quién ni se le da limosna ni misericordia, porque provoca asco y tanto recelo como un yonky, lo que no implica que la gran mayoría de la sociedad se coja con cierta frecuencia alguna alegría pasada de vueltas y hasta con traspiés incluido.

También hay alcohólicos, pero esos dan pena porque disimulan su enfermedad. De hecho es curioso que un elevado porcentaje de alcoholismos se descubren durante ingresos hospitalarios que nada tienen que ver con la bebida, por ejemplo traumatismos, diverticulitis, etc., en que, por ejemplo, una respetable señora mayor, al cabo de un día de abstinencia, desarrolla un delirium tremens porque, en su día a día, entre la copita de anís del desayuno, el vermú, el vinito de la comida, el amontillado de la merienda, etc., aunque jamás en su vida haya perdido la compostura, pues a lo tonto se había creado una dependencia alcohólica cuya suspensión la vuelve loca.

Pero bueno, eso son casi casos anecdóticos, porque la mayoría de los bebedores habituales, pueden hacer abstinencias totales sin conflicto.

¿A cuento de qué viene este largo prólogo?

Pues a las nuevas modas que los políticos españoles quieren implantar en nuestra sociedad, con los malditos alcoholímetros que están hundiendo la hostelería y que te pueden joder la vida por haber comido con vino como hiciste toda la vida, porque a un autónomo que se gana el pan con su trabajo diario, si le quitan un año el carné de conducir, ya puede ir pensando en atracar un banco para llegar a final de mes.

Otro tema más peligroso de lo que se quiere informar, son los famosos botellones, comas etílicos cuyas consecuencias cerebrales pueden ser irreversibles, en muchos casos no dictaminadas clínicamente, pero con lesiones que en pocos años pasan unas facturas trágicas, de las que los señores alcaldes de Córdoba, Granada, o Sevilla, impulsores demagógicos de los botellódromos, desde luego no van a responder.

Como no soy psiquiatra, no voy a detallar como se producen estas lesiones, pero como gastrónomo, sí he pronunciarme por ciertas prácticas de oscuros fines, que están literalmente machando nuestras sanas costumbres de cómo beber gastronómicamente, algo sobre lo que los periódicos, siempre políticamente correctos ellos, y al servicio de las subvenciones, no dicen ni mu.

En esta revista se ha mantenido siempre un prudente mutismo acerca de este problema porque nuestro tirano ha querido siempre separar diametralmente la cultura del vino de los conflictos del alcohol, hasta el extremo de que sólo hay una palabra prohibida en la casa, que es “borracho”.

Yo creo que es una buena política, pero también creo que hay que denunciar la situación real que está viviendo la juventud, unas generaciones que, salvo los ejecutivos que tienen que alternar con sus clientes en grandes restaurantes, el resto llegan a los treinta años sin saber apreciar una copa de buen vino.

Esto, además de la tragedia de los botellones, es un conflicto a corto plazo para las bodegas que deberían empezar a movilizarse solidariamente en defensa de sus futuros intereses, porque, a base de calimocho (vino con coca cola), no creo que los grandes de la Ribera o Rioja puedan sobrevivir mucho tiempo.