de 12 a 24 hrs.de lunes a sábado

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Fachada exterior

martes, 19 de febrero de 2019

LOBBY MAG


LOBBY MAG

Año XXXI, 21 al 27 de febrero, 2019
LA NOTA DE LA SEMANA: Áurea
EL REGRESO DE DON EXE: Lo comido y lo bailado…
 

 

MIS APUNTES


 
ÁUREA

Cada cierto tiempo aparece en escena un restaurante que sobresale rápidamente. Uno de ellos, el Áurea, con pocos meses abierto, merece una larga vida.
Todos sabemos que un gran porcentaje de restaurantes que se abren en la capital, terminan sucumbiendo más que nada por el grave problema de “no saber leer” lo que sucede con el negocio gastronómico en nuestro país. A pesar de ello, este último tiempo hemos visto que las aperturas se han multiplicado y desgraciadamente, el público consumidor sigue siendo el mismo.

A pesar del negativismo de nuestra introducción, tema bastante conocido por todos, hay aperturas que bien valen destacar. De ellas, el Áurea, una casona del barrio Bellavista que fue completamente remodelada para albergar un restaurante hecho y derecho. Impresiona su decoración interior, en base a papeles murales y muros intervenidos, además de una gran terraza interior, de todo gusto y tremendamente cómoda. La idea es de los cocineros Ismael Lastra y Tomás Saldivia, quienes luego de un par de estadías fuera del país –entre pelando papas y cocinando- obtuvieron la experiencia necesaria para abrir su propio comedor, donde manda el sabor local, pero con mucha identidad personal.

Sabor local no es sinónimo de comida chilena. Acá se han dado maña para conquistar estómagos golosos en base a una cocina donde el producto es el principal protagonista. Ayuda a este propósito una cocina tecnificada de última generación y el aporte humano de los cocineros, que aportan las pizcas necesarias para entregar autenticidad en sus preparaciones.


La terraza es –posiblemente- el mejor espacio para estos meses. Allí llegué un caluroso mediodía, con la finalidad de conocer una propuesta que prometía felicidad. Una barra bien montada y una carta de vinos que está en proceso de cambios, recibe a sus múltiples clientes. Para partir, un Pil pil de camarones y cocochas (11.900) salteadas en ajo, oliva, vino blanco y la acertada nota picante del ají cacho de cabra. También, frescas ostras ($ 12.800) con aderezos variados (incluso con chocolate) y sabrosas croquetas ($ 8.900) con charqui y queso Huentelauquén (se nota el origen y calidad del queso) aparte de una tabla de jamones y quesos ($ 14.900), ideales para compartir un cóctel.   

Luego, a la hora de los fondos, llamó mi atención el Congrio Áurea ($12.900), un maravilloso trozo grillado y acompañado con risotto de mariscos, berberechos, verduras escalibadas y huevo de codorniz. Tan, tan bueno que si algún día regreso, no dudaría en pedirlo nuevamente. De las carnes –y novedoso en la carta- un tierno Conejo al coñac ($12.900) acompañado de quinoto mixto, tocino crocante, salvia y avellana chilena tostada. ¡La perdición!

Rica y sabrosa cocina que no llega ahí, ya que la repostería también entrega muchas satisfacciones, como el Mote con huesillo bajo las nubes ($5.500), un cremoso de huesillo con mote suflado, salsa de huesillo y helado de canela. Todo escondido bajo una nube de caramelo que se disuelve con el jugo de este durazno deshidratado, ¡un must!

Si resumimos, en el Aurea encontraremos una cocina de autor muy bien elaborada y ejecutada. Buen servicio y ambiente. Una carta amplia con tintes mediterráneos y de gran calidad. Un gran aporte a la ciudad y un tremendo dato para estos largos días de verano. (JAE)

Áurea: Antonia López de Bello 191 (casi esq. Loreto), Recoleta / 23290 5124

EL REGRESO DE DO EXE


 
LO COMIDO Y LO BAILADO…
- ¿Un funeral, eh?
- No te entiendo, Sofía.
- No te hagas el de las chacras, Exequiel. No te resulta.
- Aun no te entiendo, preciosa.

De mal modo toma un diario que tenía en el sofá y me lo pasa.

- Averígualo solito y tómate tu tiempo. Yo ahora salgo con una amiga a un after office.
- ¿After qué?
- After office, menso.

Estaba tan emputecida que mi instinto de supervivencia no me dejó decirle que estaba envidiosa ya que como uniformada que era, no le permitían sacarse fotos. Pero me contuve y tras el portazo que dio me quedé solo y con el diario en cuestión. No tenía idea pero ahí estaba yo, bebiendo un gintonic en la terraza de un bar de Providencia con Abril, la peruanita colorina que había venido una semana a Santiago y que nos juntamos para hacer recuerdos… recuerdos ya que debido a que en  febrero no hay noticias, los ágiles reporteros de la prensa inventan páginas sociales veraniegas.

¡Con razón mi Sofia estaba furiosa!

No quise esperarla ya que no valía la pena. Como aún era temprano y mi día no podía terminar de abrupta manera, llamé por teléfono a Margarita, una jovial argentinita que tiene una especie de boutique en Providencia. ¿Me aceptas una invitación a cenar? -pregunté con mi mejor voz de conquistador-. Ella, sin desvanecerse -ya que nadie se desmaya por mí a estas alturas de la vida-, me contesta que feliz lo haría, pero que tiene un par de problemas familiares que le impiden aceptar el convite.

Opción uno: un fracaso. Me acordé de la Fran pero me contestaron que estaba en Miami en un curso; de Jacinta, y otra vez fallé ya que estaba visitando el casino de Talca. ¡Michelle, ella sí!, pero otro error. Era su día libre. Tras cinco llamados posteriores a Maca, Eva, Renata, Anita y Claudia, llegué a la conclusión que mi after office sería muy aburrido. Menos mal que no me deprimo ya que si así fuera, ese día estaba para el suicidio. ¿Dónde mierda quedaba mi fama? ¿Qué dirían si me ven tomándome un trago sin compañía en algún tugurio de mala muerte?

Mala cosa.

Con la puteada de la paquita no tenía hambre y para variar su teléfono no lo contestaba. Caminé un rato por Coventry con la mirada puesta en las rayitas que hace el cemento entre un bloque y otro de la acera. ¿Por qué no habrá un bar en esta calle?, feliz habría entrado a uno a beber un martini en vodka.

Sin horizontes de algo entretenido esa tarde-noche, regresé a mis tierras. Llegar al centro la hora en que un millón de autos pululan por las calles de Santiago no es fácil. Cuando llegué al departamento econtré una hoja de cuaderno de matemáticas (con espiral) que con un plumón rojo Sofía había escrito “Perdona Exe, son sólo celos”.

¿Celos? ¿De qué? ¿Del gintonic?

 
¡Mujeres!... Con razón dicen que no hay que entenderlas, sólo hay que quererlas.
Casi dormía cuando sonó el teléfono. Pensé que era mi Sofía pero era la Fran.

- Querido… te llamo desde Mayami… ¡supe que me andabas buscando!
- Cierto, pero ya pasó.
- Nada de eso. Te espero el jueves a cenar. ¡Tengo mucho que contarte!
- Pero…
- Nada de peros, Exe. El jueves a las nueve de la noche. ¡Te llevo de regalo una caja de puritos!

Yo sé que a nadie le falta Dios, pero aquí me la están tirando con pala. Ahora, y con la cueva que ando, capaz que aparezca el domingo en las sociales de El Mercurio cenando con la Francisca.

Definitivamente tendré que irme paso a paso. Los incendios se apagan de a uno y no todos juntos. ¿Qué hago si Margarita también llama para invitarme a cenar?

Tiene razón mi uniformada cuando dice que me voy a ir al cielo –o al infierno- en pelotas, con una piscola en la mano, una corbata puesta como cintillo indio en la cabeza y que seré titular en “La Cuarta”. Definitivamente no soy un buen ejemplo.
 
Pero lo comido y lo bailado…

Exequiel Quintanilla