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Fachada exterior

miércoles, 25 de mayo de 2011

EL PIRATEO

COMER VOLANDO



Pepe Iglesias. www.enciclopediadegastronomia.com

Hay que ver lo desgraciados que somos los pobres, ahora, que el que más y el que menos tiene que volar casi por obligación, resulta que mediante un estudio del University College de Londres, y a través del doctor John Scurr, nos dicen que lo que denominan como Síndrome de la Clase Turista, puede llegar a ser incluso mortal.

Antes, cuando volar era un lujo, aunque la comida de a bordo fuese una porquería, por lo menos pensábamos que era sana, pero ahora resulta que en clase turista, nos envenenan con alimentos tan perniciosos para la salud, que hasta pueden llegar a ser letales.

La verdad es que no me he enterado demasiado bien si la muerte sobreviene por efecto directo de las propias viandas, por inanición, o por la angustia que nos entra cuando la azafata te dice: -Señor, su comida, ¿qué prefiere, carne o pescado?, y sea cual fuere la respuesta, te endosa una bandeja con tres cajitas de plástico que contienen, a saber: en la alargada, una hoja de lechuga, 1/5 de tomate, una loncha de embutido y otra de queso de barra; en la cuadrada, un extraño pastel húmedo con olor a vainilla artificial y residuo de guinda roja, y en la tapada, milagrosamente caliente por fuera y fría por dentro, un pestilente baturillo en el que sólo se distinguen algunos guisantes, un trocito de zanahoria, y algo indefinible, pero siempre inmasticable.

Uno, que es de buen saque, se lanza ávidamente sobre el envoltorio de mantequilla para hacer como si estuviese en una mesa de verdad, y cuando vuelve la señorita ofreciendo más pan (si es que a esas pastillas gomosas se las puede llamar así), pues hace acopio para intentar engañar al sufrido estómago, que entre el susto del despegue, las carreras por el aeropuerto, el madrugón, y la mesa plegable que hace las funciones de prótesis diafragmal, pues está pidiendo a gritos un reconfortante caldito y un no menos agradecido pinchín de jugosa tortilla española.

Ya no pido que las azafatas se pongan a freír unos huevos con chistorra, que sería lo propio, ni que el sobrecargo se estire con unos buenos chuletones a la brasa, aunque por el precio que cobra Iberia hasta podría servir carne de wagyu, ¡pero hombre!, unos boqueroncitos en vinagre, que duran hechos un par de días, unos canapés de anguila ahumada, que se preparan en un pispás, o una buena sopita de cocido, que hasta se puede llevar en un termo, que no me digan que no lo pueden hacer.

Pero la realidad es mucho más terrible de lo que parece.

No se trata de limitaciones técnicas, ni de ahorros espurios, porque a las empresas de catering les pagan una pasta, lo que sucede es que hay un complot, un contubernio multinacional destinado a hacer insufrible la vida a los pobres proletarios, y así desde que también nosotros hemos empezado a volar, los diabólicos cerebros de esa conjura han diseñado unos menús específicos para provocar terribles males entre las castas inferiores.

A algunos nos provocan impertinentes flatulencias, a otros marmóreos estreñimientos o diarreas convulsivas, pero en común a todos nos dejan hechos polvo, lánguidos, un poco histéricos, y en definitiva en inferioridad de condiciones ante ese presumido yuppy que va en primera, y que a pesar de tener langosta en el menú, se ha contentado con un espartano zumito de naranja.

No viaje en avión, querido lector, sobre todo si es usted un sufrido proletario, recuerde que el Síndrome de la Clase Turista puede ser su verdugo.