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Fachada exterior

martes, 12 de febrero de 2013

EL PIRATEO DE LA SEMANA

LOS ILÓGICOS ECOLÓGICOS

* Pepe Iglesias, desde España

- Buenos días, quiero una caja de Aspirinas ecológicas.
- Pues me temo que no tenemos de esas. Hay infantiles, efervescentes...
- No, no, es que yo consumo todo ecológico, sobre todo el vino, y como tengo una resaca del quince, pues había pensado en quitarme el dolor de cabeza con Aspirinas, pero ecológicas claro.

Desde hace algunos años el apellido ecológico inunda nuestros mercados como lo hiciera la filoxera con las viñas hace siglo y medio. Primero fueron los “ligths”, hasta que los médicos consiguieron convencer a los consumidores que aquello era el truco del almendruco, con riesgos incluidos porque hasta se usaban productos cancerígenos. Luego vino el “Bio”, otro éxito de los publicistas que hasta llevó a varias multinacionales a querellarse entre ellas intentando monopolizar el absurdo prefijo, porque ya me dirán como se hace un yogur no biológico. Pero bueno, el caso es que ahora toca “ecológicos”, y rara es la bodega que no tiene su vino ecológico, aunque las primeras trompetas ya anuncian que el cadalso está armado y pidiendo carne.

La verdad es que ha sido un fenómeno curioso, porque si bien el “Bio” y el “Ligth” vendieron miles de millones, lo ecológico en el vino no ha vendido ni una botella, es más, sonaba tanto a tongo, que muchos consumidores los rechazaban alegando que ellos querían vino, vino, del de toda la vida, y nada de pamplinas ecologistas ni de Greenpeace, que eso sonaba a verdes y los verdes son todos unos peludos y unos rojos.

De hecho hay bodegas muy importantes y con vinos muy acreditados, que siguen al pie de la letra los requisitos ecológicos y hasta biodinámicos, pero en sus etiquetas no hacen mención a ello, además de para evitar una serie de controles absurdos de la administración, porque han comprobado que en el mundo del vino lo “Ecológico” no vende, y ya, para colmo, como hasta el bodeguero de la boina ya hace también su vino ecológico, pues ni mención.

Habrán comprobado que en ningún momento he atacado los principios de la agricultura biológica, de hecho detesto los tomates, lechugas, zanahorias y demás hortalizas de cultivo hidropónico. Desgraciadamente he probado todos estos supuestamente productos naturales, y son tan insípidos e insulsos como el resto de frutas del lineal. Por deformación profesional, o porque desde niño me ha gustado comer bien, lo cierto es que yo valoro la calidad de lo que tengo en el plato, y me da exactamente igual que me digan que esas papas fritas fueron abonadas con estiércol de yak del Himalaya, o con unos nitratos de la casa Vilmorin. Para mí lo que importa es la calidad de lo que tengo en el plato, y en la copa. ¿Qué el bodeguero les canta arrullos a sus viñas en las noches de luna llena? Pues mira qué bonito, pero si el vino resultante es una birria, pues ya se lo puede beber él mientras afina la voz para el próximo plenilunio.

A estas alturas los consumidores tienen ya un nivel de conocimientos que de poco les sirven las milongas, aquellas cursiladas que los bodegueros escribían en sus contraetiquetas pensando que iban a enamorar a alguien. Lo que queremos es información, y que sea lo más veraz y práctica posible, saber qué uvas lleva, como se ha vinificado, que crianza se le ha aplicado, incluso las bandas de tiempo de consumo optimo, algo que el enólogo suele predecir con bastante puntería, sobre todo cuando el bodeguero ha sacado al mercado un vino que pide a gritos otro año más de botella.

Además, yo creo que un poco de radioactividad les tiene que sentar muy bien a los tintos de crianza.