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Fachada exterior

martes, 8 de julio de 2014

LOS CONDUMIOS DE DON EXE


BENITO Y ROSITA

Luego de mi aventura en el partido Chile - España decidí acuartelarme y no abandonar las cuatro paredes de mi departamento. Sólo la idea de darles explicaciones a mis hijos y nueras me provocaba escozor.

El sábado desperté tarde. No quería dejar de soñar con Agustina, la chica que me sacó la suerte. Pero el llamado de la selva me hizo ir al baño. Miré hacia la terraza para ver donde estaba el sol y me encuentro con un tremendo gato negro echado en la cerámica de la terraza. ¿Cómo habrá llegado?, me pregunté. Realmente no le di pelota y partí por mis abluciones matinales. Ya vestido, miro nuevamente hacia la terraza y ahí estaba, en la misma posición de siempre. ¿Será de yeso? Me acerqué y me miró con sus ojos de lince. Más que gato y por el porte parecía pantera. Era negro como la noche más oscura de invierno y cuando abrí la puerta del balcón, se erizó completo. Cerré más que rápido la corredera y llamé al conserje.

- Don Efluvio (así le digo ya que siempre anda pasado a tinto). Tengo un gato.
- ¡Me alegro don Exe!, por fin alguien que le acompañe.
-¡No weon! Tengo un gato extraño metido en mi terraza.
-¿Y qué quiere que haga yo?
-¡Ven a buscarlo!
-¡Yo no quiero gatos!
-Debe ser de alguien del edificio.
-Nadie me ha reportado un gato perdido, pero ya que usted llama, cuénteme sus características para buscar a su dueño.
-Grande y negro
-¿Por qué no le da algo de comida mientras encuentro a su propietario, si es que tiene?
-Debería tenerlo, se ve saludable y muy bien cuidado.
-¡Cuídelo, don Exe! Pero tenga presente que no a todos los gatos les gusta el vodka tónica.

El gato de mierda seguía allí. Me dio ese síndrome de franciscano que tengo y abrí un tarro de salmón en conserva que tenía para emergencias, y a falta de leche, yogurt. Tímidamente salgo a la terraza y le presento mi menú. No se movió.

Cerré las cortinas del ventanal para que el gato no me mirara más. Me daba desconfianza. Para más encima negro. ¿Sería un indicio de mala suerte? Tarde ya me fui a Las Lanzas a cenar y encontrar amigos. Estaban todos resfriados, así que cené en solitario unos riñones al Jerez que hace de rechupete la cocinera de este ambigú. Lo acompañé con una jarrita de tinto de origen desconocido que me ayudó a empujar ese divino guiso. A falta de amigos, traté de conquistarme a la camarera del lugar (que estaba para comérsela), pero no me dio esférica. Definitivamente estoy comenzando a extrañar a mi paquita.

Ni contarles que cuando regresé a casa, el gato era una historia para mí. Me entretuve un rato viendo la amabilidad del Dr. House con sus pacientes y luego como un bebé. ¡Qué bien hace alejarse unos días de mi propia farándula!

Desperté temprano el domingo. Abrí las cortinas de la terraza y casi me fui de culo. Ya no era un gato. Eran dos. Y ahí estaban, echados en las cerámicas y mirándome. Ahí me asusté y pensé que la tragedia sería grande. Los dos negros. Para mí, que no conozco de felinos, son una pareja, pero ¿quién tiene una pareja de gatos negros en su casa? Bueno, yo la tenía.

No había rastro de salmón ni de yogurt. Me preparé un café y pensé darles lo mismo de desayuno a los animales pero me contuve. Llamé nuevamente a Efluvio, el conserje, pero no estaba.

- Soy el conserje nuevo, me contesta con una voz de pito. ¿Desea alguna cosita el caballero?
-Necesito que encuentre al dueño de un par de gatos que llegaron ayer a mi departamento. Debe ser alguien de este edificio.
-¡Huy… una tarea de investigación! Déjelo en mis manos don… don…
-Exe me llamo
-Don Exe. Me preocuparé personalmente de su caso.

Los gatos no se movían pero me miraban. Busqué en el refrigerador algo para darles y sólo tenía yogurt y pan plástico, (aparte del vodka en el freezer, pisco y unos ejemplares de sauvignon blanc). Pero eso no era de gatos. Pensé que podían tener hambre y partí al almacén de la esquina a comprarles algo.

- No tenemos comida para gatos, me dice la dueña del boliche
-¿No sirve la de perros?
-“Ta weon iñor”, contesta. ¿Quiere que sus gatos ladren?
-¿Y que comen los gatos?, le pregunté humildemente.
-Ratones, me contestó con una amarga sonrisa.

Compré un litro de leche en caja y cuatro hamburguesas congeladas. Hoy les cocinaría yo.

Prepare dos platos, uno para cada gato y dos platillos con leche. Los puse en la terraza, cerré las cortinas y me preparé mi Bloody Mery dominical. Estaba bebiéndolo cuando suena el citófono.

-¿Perdón, hablo con el 606?
-El 606 es el departamento y que yo sepa, no habla. Yo soy Exe.
-Exe, ¿tú tienes mis gatos?
-¿Quién eres?
-Soy Amanda, pero me dicen Pelu. Salí de urgencia un par de días fuera de Santiago y me cuentan que mis gatos están en tu departamento.
-Es cierto Pelu. Los puedes venir a buscar. A propósito, ¿cómo se llaman?
-Benito y Rosita. ¿Son lindos, no?

A los cinco minutos tenía a la Pelu metida en mi departamento (y los gatos también). Amanda era una vecina nueva del décimo piso y metió los gatos de contrabando al edificio. Ella era una cascada de lujuria sin ser hermosa, pero aprovechaba cada milímetro de su cuerpo.

- Acabo de pasarle veinte lucas al conserje para que se quede callado y no denuncie a  Benito y Rosita. ¿Cuánto tendré que pagar por tu silencio?
- Aún es temprano,  respondí. – Vamos a almorzar algo por ahí y me consideraré un defensor de tus mascotas.
- ¿Te das cuenta que mis gatos traen suerte, Exe?, dice mientras me manda un beso cuneteado.
- Eso espero, respondí. ¿Nos juntamos en diez minutos abajo?
- ¿Y por qué no me vas a buscar al departamento? ¡Un ciento de ostras de Calbuco te esperan!
- ¿Te parecen bien con unos sauvignon blanc que están en mi refrigerador?
- Ideales, Exe.

Metió los gatos en un bolso de yute y partió al 1003. Yo, en otro bolso, metí dos botellas de Casas del Bosque sauvignon blanc, el pan plástico (que tostado y con mantequilla queda bastante aceptable) y una botella muy fría de un Estelado de Miguel Torres. 

Parece que los gatos negros no son signos de mala suerte, por lo menos con Benito y Rosita, todo anda sobre nubes. Poco duró mi acuartelamiento. Bueno..., así es la vida. Por lo menos la mía.

Exequiel Quintanilla