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Fachada exterior

martes, 4 de octubre de 2016

EL REGRESO DE DON EXE


 
ELKA, MI DOCTORA POLACA

Hace unos días tuve la visita de uno de mis hijos y su mujer. Yo, un lobo estepario acostumbrado a vivir solo y hacer lo que me da la gana, encontré que los cinco primeros minutos fueron entretenidos, pero las dos horas siguientes el tedio rondaba mi cabeza. La idea de ellos era una sola: llevarme donde una geriatra para que evaluara mis condiciones físicas y mentales. No encontré para nada simpática la situación pero me amenazaron con dejarme sin mesada si no le hacía caso. ¡Lo que es la vida!: antes yo lo mandaba y ahora él me ordena. – ¡conste que mis hermanos y tus nueras piensan exactamente igual!, sentenció.

Era injusto, pero comenzaron a preocuparse de la salud mental de su padre. Según mis nueras, este último año me había mandado “varias cagadas” (sic) y querían cerciorarse que aun podía vivir solo. La bruja de mi nuera dice de sopetón: “tenemos un hogar divino para tus últimos días”, y mi hijo la hizo callar. Me hice el desentendido y les respondí que si bien aceptaba la evaluación, ellos tenían que subirme la mesada en un 50%, ya que la Confitería Torres era más cara que Las Lanzas y que cada día era más caro vivir en el centro.

Al día siguiente, mi hijo mayor y la arpía de su mujer pasaron a buscarme. Estaba listo y preparado: chaqueta de tweed, pantalones Dokers y todo ad hoc para la visita médica. Llegamos a un centro médico – geriátrico en Providencia y como es usual, la doctora no había llegado. Para más re’cacha, era el segundo de la lista ya que antes de mi había un fulano con un aroma a gladiolos que anunciaba su pronto retiro de esta vida. Joquincito y la bestia de su mujer se pusieron a leer esas revistas antiguas que hay en los consultorios mientras yo, aburrido y para molestarlos, me sacaba los loros y hacía pelotitas con ellos. Mis familiares hacían como que no me conocían, pero como estaba al medio de los dos, todo el mundo sospechaba que era el padre de alguno de ellos.

- Papá, no te saques los mocos
- Es que tengo muchos, hijo
- ¿Quieres un pañuelo?
- No sirven los pañuelos, hijo. Están muy secos.
- ¡Eres un cerdo!
- Yo no pedí venir acá, respondí.

Al rato, y mientras seguía hurgueteando mi nariz, hicieron pasar al veterano con pinta de misa cantada. Pasaron diez minutos y el vejestorio salió con la cara más fúnebre de la que entró. Su familia lo tapó con una frazada a cuadros y lo sacaron para ver posiblemente la luz del día, antes de su último paseo de espaldas por la Av. La Paz.

- ¿Exequiel Quintanilla?, pregunta una cosa que parecía enfermera, vestida con un delantal celeste y con cara de pocos amigos.

Me levanté y encaminé mis pasos al box (así le llaman a los cuartos de atención). Al entrar me pide el bono. La miré con cara de ogro y le grito: - “¡NI EN LOS RESTAURANTES SE PAGA ANTES DE COMER, MIERDA…!” Ella se asustó y me dejó pasar. Pensó que estaba algo esquizofrénico. De atrás aparece mi hijo y le dice: -Perdón señorita, aquí está el bono.

-Voy a entrar solo, ordené a mi guacho y su mujer. “Si quieren, después hablan con la doctora.”. A fin de cuentas, era yo el que pasaría por los vejámenes en que te miran y te toquetean por todas partes. Digno y seguro (y absolutamente convencido que estaba en mejores condiciones que el anciano anterior), entré a la consulta.

¡Guau! ¡Me había perdido gran parte de mi vida!, pensé cuando me asomé por la puerta y divisé a la doctora. Era una preciosura. Rica del verbo rica.

- ¿Don Exequiel?
- Vivito y coleando. Pero prefiero que me digas Exe. ¿Cómo te llamas, guapa?
- Soy la doctora Kaminski
- Yo soy el veterano Quintanilla. ¿Y tú nombre?
- Elka
- ¿Rusa?
- No, polaca.
- ¿Y qué haces en Chile?
- Atiendo ancianos, contestó un poco molesta ya que le había ganado el quién vive.
- ¿Te puedo tutear, Elka?
- Como quieras.

Partimos con un examen de la cabeza. Me mostraba figuritas y yo a todas les buscaba un contenido erótico.

- ¿Esto, qué es?
- Son dos osos fornicando, le respondía.
- ¿Y este otro?
- Un preservativo de luto, continuaba.
- ¿Qué haces…? ¿Escribes novelas porno?
- No, Elka, las mujeres demasiado hermosas me enloquecen.

Se sonrojó y pasamos al examen médico. Pidió que me empelotara (detrás de una especie de biombo) y me pusiera uno de esos delantales que dejan el culo al aire. Revisó mi presión y comentó: “tendré que pedirte varios exámenes”. Se acercó con su estetoscopio para escuchar mis pulmones y corazón mientras yo le miraba una pequeña mariposa que tenía tatuada en una de sus pechugas. – Yo también tengo tatuajes en las pantorrillas, murmuré.

Por primera vez se rie y dice -¡Esas son várices, Exe!... A propósito, ¿Cómo te funciona el pajarito?
- Como los rusos en las olimpiadas, le respondí.
- ¿Cómo es eso?
- Si me dopo, funciono.
- ¿Por qué viniste a verme?
- Yo no vine. Me obligaron a venir
- ¿Bebes?
- Como cosaco, ¿y tú?
- No tanto… ¿Te gustan las ostras?
- También los erizos.
- Yo me hice fanática de las ostras desde que llegué a Chile.
- Tengo una picada en Providencia, cerquita de aquí.
- ¿Me invitas uno de estos días?
- ¿Con tu marido?, pregunté para saber en qué me estaba metiendo.
- No. Sola, Exe. No me he casado. Los chilenos son muy infieles.
- ¿Qué le dirás a mi hijo que está esperando afuera?
- Les diré que estás en un estado de tensión primaveral y que necesitas terapia una vez a la semana. Y que yo te la haré.
- ¿Y pagamos las ostras con los bonos de la Isapre?

Mientras Elka hablaba con mi hijo y la madre de mis nietos, me senté en uno de esos asientos que se parecen a los del Metro y que ahora abundan en las consuntas médicas. Para hacer más creíble la historia, seguí sacándome los loros de las narices y haciendo bolitas con ellos. ¡No se preocupe, suegro!, dice mi nuera. Nosotros nos ponemos con los bonos para su rehabilitación, ¿cierto Joaquincito?, pregunta pegándole un codazo para que responda.

Por si las moscas, estoy aprendiendo algunas palabras en polaco. Aunque vodka se diga igual en varios idiomas

Do widzenia!

Exequiel Quintanilla