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Fachada exterior

martes, 7 de febrero de 2017

LA NOTA DE LA SEMANA




LAS PAPAS FRITAS
(La chanchada más rica del universo)
 
Mucho se ha escrito sobre los orígenes de la papa como alimento de masas: que si Pizarro la trajo a Europa (en realidad fue su lugarteniente Pedro Cieza), que si Parmentier la hizo comestible en Francia, que si Sir Raleigh la introdujo en Inglaterra, pero en verdad nada de eso tiene el menor interés, porque hasta que no se inventó la papa frita, al miserable tubérculo nadie le deba pelota.
¿A quién le debe pues la Humanidad tan inconmensurable hallazgo?

Pues a doña Matilde, a saber concubina del párroco de Villapedre a mediados del siglo XVIII, que tenía la sana costumbre de tener siempre en casa una tinaja de buen aceite de oliva de su tierra cordobesa.

Una noche que la brava Matilde no estaba para risas, cogió un par de aquellas llamadas turmas de tierra, que su prima le había traído de otras tierras, diciéndole que con hambre hasta se podían comer, y, partidas en cuatro las echó en aceite hirviendo, diciendo para sí: “A ver si revientas de una vez, párroco de mal agüero.”

Pero el curita, a quién le habían dicho que el arzobispo gallego estaba por la labor de cobrar diezmos por aquella extraña trufa blanca, se le pusieron los ojos blancos, y lejos de reventar, le dijo a su manceba: “Mati -así la llamaba en la intimidad del hogar-, desde hoy esta cenita la quiero todas las noches”.

Dicen que poco después acertó a pasar por allí el legendario gastrónomo Candelucus, que volvía de la fiesta que habían dado los muchachos en el patíbulo parisino en honor de Luis XVI y su esposa María Antonieta y, al probar aquel manjar se sorprendió, pero como buen gallego, guardó el secreto para sacarle partido en mejor momento.

Al parecer fue años después cuando, en una noche de aguardiente, se lo dijo a su compañero de juegos de salón Antoine Augustin Parmentier, y aunque este hizo la prueba con mantequilla, el éxito fue tal, que la faz del mundo cambió. Desde entonces y a galaxias de distancia, el planeta Tierra huele a papas fritas.

Por ellas los hombres luchan y mueren, y desde Alaska hasta Tasmania, en cualquier boliche del mundo por apartado que esté, siempre habrá un plato de papas fritas con el fin de consolar al más miserable trotamundos.

No se crean que hacerlas es tarea fácil, porque desde que se inventaron las freidoras y el aceite de maravilla, conseguir un plato de buenas papas fritas es más difícil que un buen foie gras al Armagnac. Desde estas páginas reivindico su nobleza y protagonismo.