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Fachada exterior

martes, 24 de octubre de 2017

LA COLUMNA DEL ESCRIBIDOR


 
DE GALLINAS FELICES Y GATOS DE BURDELES

 (No niego que los huevos de campo son más sabrosos que los industriales. Eso es obvio, pero de ahí a decir que la gallina es feliz por permitirle comer pasto, piedrecillas y gusanos, hay un tremendo tramo que explorar)
 
Eso de “gallinas felices” me suena similar a “gato de prostíbulo”. Ambas etiquetas son tan falsas como los billetes de tres mil pesos. Un recurso más del marketing publicitario para hacernos pensar que todo lo que provenga de la industria es malo, dañino y pernicioso. ¿Son felices las gallinas o es mejor hablar de huevos orgánicos?

La diferencia de color de la cáscara de los huevos de gallina únicamente difiere por causas genéticas ya que cada raza aporta pigmentos diferentes que se irán depositando en el cascarón a su paso por el oviducto de la gallina.  El interior del huevo no cambia, ya sea de un color o de otro,  porque el sabor y el color interno del huevo dependen de la dieta de la gallina.

En el fondo, el huevo es un producto bastante homogéneo, por lo que para diferenciarlo los productores recurren a estrategias como enriquecerlos con Omega-3, vitaminas, minerales y carotenoides, todo esto a través de la comida que se les da a las gallinas.

¿Y la yema más naranja? Para los chilenos un huevo con yema más oscura es más sano y mejor, en tanto que en otros países los consumidores prefieren las yemas más pálidas. Sin embargo, las diferencias de color también están dadas por la dieta que siga la gallina: si consume mucho pasto, sus huevos tendrán una yema más naranja. O sea, el manejo de las características de los huevos lo hace la industria.

Lo mismo pasa con los gatos de prostíbulo. El gato es otro de los personajes novelescos que moran en las casas de remolienda durante todo el día. Equivalía al perro faldero de las prostitutas parisinas que posaron para Toulouse-Lautrec. Si el gato no estaba paseando entre las piernas depiladas de las "niñas", recibiendo una caricia de ninfa cada tres pasos, ronroneaba sobre las piernas de la regenta o dormía cómodamente en las camas de las habitaciones, además de que comía más de la cuenta ya que todas las niñas de la casa lo alimentaban. De ahí proviene otro corolario popular chileno: "Más flojo que gato de casa de putas", sin tomar en cuenta que la gran mayoría de los gatos urbanos se crían como mascotas, comen alimentos fortificados y con mucha suerte cazan polillas.

Probablemente, el gato era el ser vivo más regaloneado de un burdel, después de la clientela, y el único con autorización a pasear sin restricciones por todos sus rincones. Pegarle un puntapié al minino equivalía a estrellarse con todas las mujeres de la casa. Pasa lo mismo con las gallinas felices. Hay quienes buscan afanosamente los huevos de estas gallinas para sentirse con la conciencia aliviada al comer productos supuestamente más sanos, cuando la realidad es que está alimentándose con el mismo valor nutricional pero el doble de caro, sin tomar en cuenta que debido a que la demanda supera la oferta, la gallina feliz se ha transformado en otra figura literaria, tanto o mejor (con todo respeto) que el gato novelesco de las casas de putas. (JAE)