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Fachada exterior

martes, 7 de mayo de 2019

EL REGRESO DE DON EXE



 
OM… OM…
Una nota especial para los viudos y viudas de don Exe.

Om… Om… Apenas puedo moverme y me duele hasta el escroto. Una amiga muy querida y viéndome en el estado calamitoso en que estaba, me regaló a principios de abril una generosa Gift Card para ir a un centro de yoga durante tres meses para tratar de aprender algo de esta disciplina. –“Te va a hacer regio”, comentó. “Capaz que hasta recuperes tus instintos decaídos”.

Esa última frase fue la que me indujo a pedir una hora la semana pasada. Claro que una cosa es ir a yoga y la otra es armarse de toda la indumentaria para ello. Buzo de buena marca, calzoncillos, short y polera ad hoc, un bolso de gimnasia, toalla, colchoneta y un sinfín de artilugios. Un miércoles de sol, a las tres de la tarde y con un hambre de los mil demonios, un taxi me deja en una calle lateral de Ñuñoa. “Academia de Yoga”, decía el letrero en la puerta. Paso por el antejardín y golpeo la puerta. Al par de segundos aparece ella: la profesora.

- ¿Vos sos Exe?
- El que viste y calza.
- Mirá, yo seré tu maestra. Mi nombre es Susana.

Susana, enfundada en una malla negra casi trasparente, me trastornó.

- ¿Argentina?
- No, me dice, Uruguacha. ¿Has hecho yoga últimamente?
- Últimamente no, mentí.
- Así lo veo y siento, dice cuando toca uno de mis brazos. ¿Estás bastante blandito, eh?
- Trabajo mucho sentado, le comenté.
- Mirá, vos serás mi único alumno hoy, así que trataremos de avanzar bastante.

Tenía los ojos negros como azabache y todos sus atributos en el lugar que corresponde. Trate de calcularle su edad, pero me fue imposible. Bien podía ser una nena de 25 como una de 40. – ¿Se puede hacer yoga con hambre?

- Es lo ideal, comentó. – Si quieres después de la clase te acompaño a comer algo, yo también estoy hambrienta.

15 minutos se demoró para que lograra hacer una de las posturas más básicas del yoga. No podía concentrarme ya que aparte del dolor que sentía en las posaderas y en las piernas, me reconfortaba con el roce de su cuerpo contra el mío. Luego me enseñó a respirar y después a cruzarme de piernas. Definitivamente ahí me sonaba todo. Mi esqueleto no estaba para eso.

Tras dos horas de febril entrenamiento mi cuerpo estaba para recogerlo a pedazos. – “Mañana vas a amanecer un poquito adolorido, Exe, pero es sólo al principio. Ya te acostumbrarás.”

Ella también sudaba. Hacía calor. - ¿Aun tenés hambre?

Me enseño las duchas del primer piso mientras ella subía a sus aposentos a cambiarse de ropa. Me duché y vestí de deportista y la esperé para ir a comer algo por ahí. - ¿Qué te gusta comer?, le pregunté cuando aparece con unos jeans ajustadísimos y una polerita que dejaba su ombliguito a la vista.

- Lo que quieras, Exe. El yoga me da apetito y soy capaz de comerme un chivito entero. ¿Y vos?

No sé si estaba en condiciones de comer lo que ansiaba en esos momentos. ¡Pórtate bien Exe!, me dije. “¡Estás en Ñuñoa y la comuna se te ha puesto difícil de controlar! ¡Te pilla la paquita en estos trámites y capaz que te corte lo que te queda de tripa!”.

Decidí cambiarme de comuna y partir a Providencia. Me dolían las piernas cuando abordamos el Nissan V16, taxis que cada día los encuentro más bajos e incómodos. Enfilamos por Pedro de Valdivia y entramos por Santa Beatriz. – ¿Te gustan los pescados y mariscos?

- Son divinos.
Entramos a El Ancla. - ¿Tiene reserva?, me preguntó un mozo.
- No. Pero conozco al jefe
- Lo siento, pero aquí no hay jefe.
- Perdón, la jefa entonces.
- ¿De parte de quién?
- Dígale que viene Exe a cenar.

Definitivamente los contactos en Chile valen más que toda la plata del mundo. A los tres minutos estaba sentado en una mesa íntima el segundo piso y con dos pisco sour. –Cortesía de la casa- nos dice el mozo.

- ¡Sos genial Exe!, dice Susana
- Cada uno es genial en lo suyo, respondí.
- ¿Qué me recomendás?
- Lo que quieras, respondí. Mientras no sea langosta o centolla, lo que desees.
- ¿Sos casado?
- Viudo, comenté
- Pobrecito. ¿Y vivís solo?
- Por cierto
- ¿Y tenés amigas?
- Un par, mentí. Pero no estamos acá para confesarnos. Tengo tres meses de Gift Card para conocernos.

Susana comió machas y congrio a la campesina. Yo, ulte y merluza frita. Bebimos un blanco Amaral del año y entre salud y salud me cuenta que los mariscos son su debilidad y que le son demasiado afrodisíacos. - ¡Qué rico conocerte, Exe! Haremos buenas migas.

A decir verdad, a esa hora yo no quería migas ni amigas. Me dolía desde el cuello hasta las pantorrillas.
- ¿Un postre, Susana?

Me mira con sus negros ojos y dice - ¡Tú!

- Te vas a tener que contentar con unas papayas al jugo, ya que me dejaste reventado con tus clases de yoga.
- ¿Te arrancás cuchi cuchi? Dame tres semanas y te dejo como torito de exposición.
- Ojalá Susanita, ya que hoy no valgo un peso.
…..

Om… Om. Me duele todo. Recuerdo haber pasado a dejarla a su casa y luego me veo caminando por el pasillo de mi edificio con las piernas rígidas a causa del dolor. Más de quince minutos me demoré para doblarlas y sentarme frente al computador para escribir esta nota. Hacía años que no me sacaban (literalmente) la cresta. A finales de mayo regresaré a clases de yoga. Creo que me volveré en un adicto.

¡A Susanita, obvio!

Exequiel Quintanilla