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Fachada exterior

martes, 24 de septiembre de 2019

MIS APUNTES


 
EL BARCO DE DON GAVIOTA
¿Busca una picada?
¡Don Gaviota… don Gaviota!... le gritaban los chicos del barrio cuando veían salir a Carlos Oyarce -joven, pero de pelo entrecano- desde su casa en Recoleta a entregar pescados y mariscos a los clientes que tenía en Santiago. Una historia larga para este clasificador de riesgos bancarios que un día decidió vender pescados y mariscos a hoteles y restaurantes. Pronto descubrió que sus clientes, si bien eran buenos, trabajaban con su crédito, así que decidió instalar su propio negocio. Y en el mismo Recoleta y con el apodo que le daban los chicos del barrio nació Don Gaviota.
Estrecho en sus inicios, una casa esquina de color celeste albergó esta verdadera picada.

Tras 16 años de trabajo aún puede considerarse como uno de los lugares emblemáticos de una capital que cada día vive más mirando a la cordillera. Acá, cerca de nada y lejos de todo a pesar de su cercanía, muchos van por las delicias de una cocina del mar que a buenos precios conquistó a medio mundo por su frescura y tradición.

Pero quería crecer y lo hizo hasta donde fue posible. Hace unos años encontró en la Av. Einstein -una amplia y cómoda calle de la misma Recoleta-, una casona a la venta. La compró y tras años de trabajo donde ocupó toneladas de acero y maderas sureñas, hace unos meses terminó de construir su “barco”, el que comenzó a recibir hace algunas semanas a un variopinto público que lo sigue desde sus inicios.

Como unos erizos de Caldera. En lebrillo de greda con salsa verde que se comen con fruición. Cebiche de corvina (como debe ser), camarones nacionales (esos que tienen gusto), machas, ostiones, locos, congrio, atún, chupes, caldillos, pulpos nortinos y un cuantuay de opciones marinas que día a día repletan estas instalaciones.   

Como toda picada que se precie, don Gaviota vive atento a todo, desde la mercadería que llega hasta el saludo fraterno a sus clientes. Su mujer, Patricia Vargas, atenta a lo que sucede en las mesas. Pan, mantequilla y pebre no faltan en ellas. Mal que mal, con los años de experiencia ya conocen el negocio de punta a rabo. ¿Los vinos? A precio de botillería. Baratísimos.

Congrio frito y papas fritas de fondo. Una gran presa de congrio colorado apanado con buenas papas fritas como para pensar que aún se puede comer rico en Santiago por poca plata. De postre, el tradicional de la casa, leche asada y suficiente para dos personas. En realidad, una picada (¡y con boleta!) de esas que ya poco se ven en nuestra capital.

Buenos estacionamientos en una calle tranquila es también otro “bonus track” de este “Barco”, aunque llegar en Uber o Cabify es una de las mejores opciones ya que su coctelería y carta de vinos entusiasma a cualquiera. Dos pisos y una capacidad cercana a los 200 comensales garantizan el producto fresco, como recién sacado de la caleta. Con un atento servicio y agradables ambientes, poco le costará hacerse fan de este barco que, pese a que está recién abierto, ya navega por aguas tranquilas y confortables.

A veces es bueno salir de la zona de confort para conocer una verdadera picada marina en la capital.

El Barco de Don Gaviota /Av. Einstein 930, Recoleta / 22457 8563/