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Fachada exterior

miércoles, 9 de marzo de 2011

LOS APUNTES GASTRONÓMICOS DE LOBBY


¿ENOTURISMO?
Un paseo vitivinícola

La historia es corta, pero debe dejar huella. El pasado domingo acompañé a varios extranjeros (venezolanos y españoles, entre ellos un par de periodistas) a conocer una viña. Nuestra primera intención era dar una vuelta, beber una botella de vino (o dos), mientras recorríamos sus instalaciones. Yo, promotor de la gesta, les indique que a mi parecer, lo que visitaríamos superaría todas nuestras expectativas.

Tanta era la expectación que avisamos nuestra visita con cuatro días de anticipación.

No fue fácil llegar ya que los mapas o planos del lugar no coincidían con la realidad. Pero preguntando y preguntando… todos los caminos conducen a Roma.

El guardia que nos recibe en el amplio portón de la viña nos invita a saber los motivos de la visita. Como era hora de almuerzo le respondimos que íbamos a conocer su gastronomía. Estacionamos los “carros” como dicen los venezolanos en el lugar correspondiente y comenzamos a caminar por los hermosos viñedos que ya están listos para la vendimia del 2011.

Nadie nos preguntó nada, así que seguimos recorriendo el lugar ya que estaba todo abierto. Lindas bodegas con barricas francesas y depósitos de acero inoxidable para sus maravillosos blancos que se da el lujo de tener esta viña. Al rato aparece una buenamoza chica en jeans y nos hace la pregunta del año:

- ¿Cómo entraron a la bodega?

Estuve a punto de decirle que con mis amigos habíamos hecho un forado en la pared para inmiscuirnos en las soledades de los fríos depósitos de vino, pero la mejor opción era decirle “por esa puerta”.

- ¡Es que está prohibido!, sentenció.

- ¿Y como lo sabemos nosotros si no hay ningún letrero?
- ¡Ustedes no deberían estar acá! Respondió casi enojada.
- ¿Y dónde deberíamos estar?

Me armé de paciencia para explicarle quienes éramos y que el conflicto de Libia estaba muy lejos de afectarla. Le nombré dos personas de la viña que habían autorizado la visita y ella no las conocía. –Vayan a la recepción, ordenó autoritariamente. – Allá los atenderán.

No somos un grupo de borregos acostumbrados al arreo pero llegamos a lo que era recepción / caja / tienda / venta de tours y quién sabe qué más.

- ¿A qué vienen?
- Bueno, contesté, a conocer la viña y quizá a almorzar.
- Está todo reservado. No hay mesas.
- Está bien… pero quizá podríamos dar una vuelta.
- ¿Vienen en auto?
- Sip.
- Les podría pasar un pase para que vayan a conocer la viña. Pero deben dejar su carné de identidad.
- Mi reina, le dije, mi cédula no se la dejo en sus manos ni por medio minuto. O se conforma con mi tarjeta de visita o nada.

Sinceramente a esas alturas del viaje ya me estaba emputeciendo. Más aun que mis visitas extranjeras miraban el espectáculo pensando que en todas partes las trabas eran similares. Me comí la vergüenza no sin antes escuchar a “la anfitriona” contar que podríamos hacer un picnic que costaba “apenas” 20 lucas (42 dólares) por pareja. O sea, nuestro picnic costaría 168 dólares…

- ¿Son ocho? Dos por cuatro, ocho. Ochenta lucas.

Mi amigo español no podía creerlo. En su patria estas visitas son gratuitas.

Bonita viña y lindo paisaje. 200 hectáreas plenas de racimos listos para la cosecha. ¿Si un picnic cuesta veinte mil pesos…, cuánto costará almorzar?, preguntaba uno de mis amigos.

- Depende quien te atienda. Le respondí. Si lo hace la chica que te sacó de la bodega a la que entraste en forma clandestina, capaz que te cobren los pasos que diste allá, reí.

-¡Coño!... ¿En todas las viñas atienden igual?

Me mordí la lengua.

Conozco pocas, mentí. Cuando regreses a Chile conoceremos otras… si te atreves.



En silencio y en casa reflexiono. Hay mil preguntas y pocas respuestas. ¿Esto es enoturismo? ¿Existe gente capacitada para recibir turistas? ¿Qué hubiese pasado si aparece sin anunciarse un gurú del vino, un embajador de un país amigo…o simplemente usted?

Tarea para la casa para las viñas. Y perdonen mis lectores que no les cuente el nombre de la bodega involucrada aunque ello vaya en contra de mi prestigio. Como excusa les recuerdo que yo escribo de gastronomía. Y acá no la conocí. Pero que valga este artículo a todos los bodegueros (o viñateros) que pretenden hacer de sus viñas un paraíso gastronómico y de servicio.

Están lejos. Y eso me preocupa ya que la gran mayoría de sus clientes son extranjeros. ¿Qué dirán mis amigos (y qué escribirán) cuando regresen a sus países de origen?

No me gustaría saberlo. (Juantonio Eymin)