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Fachada exterior

martes, 12 de abril de 2016

LA NOTA DE LA SEMANA


LA MADRE DE TODAS LAS HAMBURGUESAS

Me ha tocado compartir algunos viajes al extranjero con un periodista con el fin de cubrir diferentes áreas de conocimientos. Yo, obvio, viajo para empaparme con la gastronomía típica del lugar y de sus opciones turísticas. Él, en cambio, preocupado más por las industrias, datos económicos y materias primas, se disculpaba en todas las ocasiones que nuestros anfitriones invitaban, ya sea a almorzar o cenar. Aceptadas las disculpas, se perdía a mediodía o a media tarde para devorarse un Big Mac o su favorito Cuarto de Libra, ya que él -bien vale como pretexto- viaja muy a menudo y prefiere mantener su mismo ritmo alimenticio cuando sale fuera del país.
De ellos hay muchos. He conocido periodistas y conspicuos que viajan al sudeste asiático o algunas capitales exóticas y felices entran –lo que acá lo ven como un pecado- a alimentarse con lo que ellos mismos llaman “comida basura”.

La culpa de todo la tiene la “hamburguesa”, que bien vale decirlo es una receta absolutamente diferente a lo que en nuestro país llamamos “fricandela”. La hamburguesa tiene un proceso distinto de elaboración –con cortes de carne muy grasos- y bien lo saben los propietarios de las hamburgueserías que han surgido como callampas este último tiempo en la capital y regiones. Como en nuestro país existe un odio parido a todo lo que venga de los Estados Unidos (el imperialismo yanqui), no se escatiman esfuerzos para considerarla peligrosa, dañina y que afecta gravemente a la población.
Es cierto también que si nos convertimos en adictos a las hamburguesas, rápidamente nuestros índices de salud se saldrán de los márgenes normales. Igual les pasa a todos los que por problemas de horarios laborales deben consumir un contundente “sánguche” día tras día. Es por eso que nuestra capital está llena de sangucherias, siendo el hot dog el rey de los mediodías nacionales. Mi misión como cronista gastronómico es guiar al lector para que éste no se sorprenda cuando visite algún restaurante y no es mi labor encauzarlos a lo que algunos llaman “comida saludable” Todos tienen algo de bueno y algo de malo.

He comido tantas hamburguesas como hot dogs y pizzas a lo largo de estos 30 años de profesión. Conozco las cocinas, los “maestros” del mesón, los refrigeradores (con suerte encuentro cámaras de frio), planchas y freidoras de la gran mayoría de estos locales. Muchos de ellos cumplen y sobrepasan las normas; otros sólo las cumplen y otros francamente son un peligro. Siento el orgullo de haber trabajado (no en forma muy legal) en USA cuando era joven y ahí aprendí (y conocí) el sistema de salubridad de los “imperialistas yanquis”, y créanme que es bastante estricto.
Por eso tengo claro que la madre de todas las hamburguesas –como se les puede llamar a las elaboradas por McDonald’s- no son dañinas per-se. Es un concepto gringo (nos guste o no) donde la salubridad es el eje más importante de esta cadena alimenticia. No son un vicio, ya que así lo fueran, ya sería un adicto, y si bien es cierto que muchos negamos habernos comido una hamburguesa “chatarra”, todos hemos entrado más de una vez a un McDonald’s. Posiblemente los que escribimos de gastronomía tenemos una deformación profesional y no nos gusta (por prestigio quizás) involucrarnos en estos temas; aun así, considero importante entregar una opinión basada en el conocimiento y no en comentarios que generalmente no se acercan a la realidad.

¿Suman y suman locales porque los chilenos somos idiotas, o crecen porque saben hacer bien las cosas? Ahí está la madre del cordero. (Juantonio Eymin)