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Fachada exterior

martes, 19 de julio de 2016

EL REGRESO DE DON EXE


 
EL YOGA Y YO

Om… Om… Apenas puedo moverme y me duele hasta el escroto. Una amiga muy querida y viéndome en el estado calamitoso que me encontraba, me regaló una Gift Card para ir a un centro de yoga durante un mes para tratar de aprender algo de esta disciplina. –“Te va a hacer regio, Exe,” comentó, -“Capaz que hasta recuperes tus bajos instintos”…

Esa última frase fue la que me indujo a pedir una hora la semana pasada. Claro que una cosa es ir a yoga y la otra es armarse de toda la indumentaria para ello. Buzo de buena marca, calzoncillos, short y polera ad hoc, un bolso de gimnasia, toallas y un sinfín de artilugios. Un miércoles a las tres de la tarde y con un hambre de los mil demonios, un taxi me deja en una calle lateral de Pedro de Valdivia, allá en mi añorada Ñuñork. “Academia de Yoga”, decía el letrero en la puerta. Paso por el antejardín y golpeo la puerta. Al par de segundos aparece ella: la profesora.

- ¿Vos sos Exe?
- El que viste y calza
- Mirá, yo seré tu maestra. Mi nombre es Susana.

 Susana, enfundada en una malla blanca casi trasparente, me trastornó.

- ¿Argentina?
- No –dice-, Uruguasha. ¿Has hecho yoga últimamente?
- Últimamente no, mentí.
- Así lo veo y siento, dice cuando toca uno de mis brazos. ¿Estás bastante blandito, eh?
- Trabajo mucho sentado, le comenté.
- Mirá, vos serás mi único alumno hoy, así que trataremos de avanzar bastante.

Tenía los ojos negros como azabache y todos sus atributos en el lugar que corresponde. Trate de calcularle la edad pero me fue imposible. Bien podía ser una mina de 30 como una de 45. – ¿Se puede hacer yoga con hambre? le pregunté.

- Es lo ideal, respondió. – Si quieres después de la clase te acompaño a comer algo, yo también estoy hambrienta.

15 minutos se demoró para que lograra hacer una de las posturas más básicas del yoga. No podía concentrarme ya que aparte del dolor que sentía en las posaderas y en las piernas, me ponía a cien el roce de su cuerpo. Luego me enseñó a respirar y después a cruzarme de piernas. Definitivamente ahí sonaron todos mis huesos. Mi esqueleto no estaba para eso.

Tras dos horas de febril entrenamiento mi cuerpo estaba para recogerlo a pedazos. – “Mañana vas a amanecer un poquito adolorido, pero es sólo al principio. Ya te acostumbrarás.”

Ella también sudaba. Hacía calor aunque estábamos en pleno invierno. -¿Aun tenés hambre?

Me enseñó las duchas del primer piso mientras ella subía a sus aposentos a cambiarse de ropa. Me duché y vestí de deportista y la esperé para ir a comer algo por ahí. -¿Qué te gusta comer?, le pregunté cuando aparece con unas calzas ajustadísimas y un largo sweater haciéndole juego. Con su abrigo en el brazo dice: - Lo que quieras, Exe. El yoga me da apetito y soy capaz de comerme una res entera. ¿Y vos?

No sé si estaba en condiciones de comer lo que ansiaba en esos momentos. ¡Pórtate bien Exe!, me dije. “¡Estás en Ñuñoa y la comuna se te ha puesto difícil de controlar! ¡Te pilla la paquita en estos trámites y capaz que te corte el agua y la luz!”.

Decidí cambiarme de comuna y partir a Providencia. Me dolían las piernas cuando abordamos el Nissan V16, taxis que cada día que pasa los siento más bajos e incómodos. Enfilamos por Pedro de Valdivia y entramos por Santa Beatriz. – ¿Te gustan los pescados y mariscos, Susana?

- Son divinos, Exe.

Entramos a El Ancla. ¿Tiene reserva?, me pregunto un mozo.

- No. Pero conozco al jefe
- Lo siento, pero aquí no hay jefe.
- Perdón, la jefa entonces.
- ¿De parte de quién?
- Dígale que viene Exe a cenar.

Definitivamente los contactos en Chile valen más que toda la plata del mundo. A los tres minutos estaba sentado en una mesa íntima el segundo piso y con dos pisco sour. –Cortesía de la casa- me dice el mozo.

- ¡Sos genial Exe!, dice Susana
- Cada uno es genial en lo suyo, respondo.
- ¿Qué me recomendás?
- Lo que quieras, respondí. (Total, el aporte de mis hijos llegaría pronto.)
- ¿Sos casado?
- Viudo, comenté
- Pobrecito. ¿Y vivís solo?
- Por cierto
- ¿Y tenés amigas?
- Un par, mentí. Pero no estamos acá para confesarnos. Tengo un mes completito de Gift Card para conocernos.

Susana comió locos, cebiche y congrio a la campesina. Yo, cebiche con ulte y merluza frita. Bebimos un blanco Amaral del año y entre salud y salud me cuenta que los mariscos son su debilidad y que le son demasiado afrodisíacos. -¡Qué rico conocerte!, dice. Haremos buenas migas.

A decir verdad, a esa hora yo no quería migas ni amigas. Me dolía desde el pelo hasta la uña chica del pié.

-¿Un postre Susana?

Me mira con sus negros ojos y dice -¡Vos!

- Te vas a tener que contentar con unas papayas al jugo, ya que me dejaste hecho bolsa con tus clases de yoga.
- ¿Te arrancás cuchi cuchi? Dame tres semanas y te dejo como torito de exposición.
- Ojalá Susanita, ya que hoy no valgo un peso.
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Om… Om. Me duele el cuerpo entero. Recuerdo haber pasado a dejar a Susana a su casa-gimnasio y luego me veo caminando por el pasillo de mi edificio con las piernas rígidas a causa del dolor. Más de quince minutos me demoré para doblarlas y sentarme frente al computador para escribir esta nota. Hacía años que no me sacaban (literalmente) la cresta. Si continuo en estos trotes, la Susanita me va a matar. Como los soldados que arrancan sirven para otra guerra he decidido que yo y el yoga llevamos caminos diferentes.  No seré el primero ni el último en abandonar esta disciplina. Tengo aun tres semanas de Gift Card. ¿Alguien quiere hacerse el valiente?

Exequiel Quintanilla