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Fachada exterior

miércoles, 8 de febrero de 2012

LA NOTA DE LA SEMANA





SIN OPINIÓN PROPIA…
Lobby se transforma en un catálogo de cosas buenas

“El beneficio de la duda”, podríamos llamarle a esta nota. Llevamos dos semanas planteándonos si una mosca muerta arriba de un plato de salmón es digna de ser comentada.

¿Nuestra gastronomía es tan buena ya que ningún medio especializado escribe de los errores que se cometen en algunos restaurantes? Todos se guían por la premisa de que errar es humano y desdeñan comentarios negativos. A lo más, dejan escapar alguna frase negativa. Pero en su gran mayoría, todos escriben lo bueno y pocos lo malo.

Y eso es un tremendo error. Si somos (o nos creemos) líderes de opinión y tenemos lectores que nos siguen constantemente, es nuestro deber tratar de corregir los desatinos que se cometen en algunos restaurantes. Si dejamos pasar y o no darle mayor importancia a estos importantes detalles, definitivamente nos convertimos en un catálogo donde todo es bueno, todo es supremo y superlativo.

Nos sucedió hace un par de semanas durante el lanzamiento de la carta de un hotel de San Pedro de Atacama en el restaurante santiaguino del chef asesor de ese idílico establecimiento nortino. Los asistentes, cronistas, periodistas y gente del turismo, todos ávidos por conocer la propuesta del hotel. Con un buen William Cole sauvignon blanc del 2011 comienza la degustación. Un carpaccio de salmón con taboulé de quínoa y un mix de hojas verdes (que sólo era una hoja de lechuga), venía con una sorpresa adicional. Lo que algún día fue una mosca juguetona y feliz, yacía sobre una lonja de los despuntes de un salmón mal cortado y con sus bordes ya poco académicos por su frescura.

- ¿Por qué no comen?, preguntó nuestro vecino de mesa.
- De pronto nos sentimos satisfechos, contestamos, mostrándole el ingrediente extra de la preparación.

Lo lamento por el chef, comentamos. Nos parece un buen tipo pero estas cosas no deben pasar en un restaurante. Menos cuando está representando a un hotel de categoría. Acá no hay profesionalismo y esto no puede quedar en el olvido.

La quínoa se hizo presente también en el segundo plato: un filete de corvina con una persillade de quínoa con otro mix de verdes -berros esta vez-, con puré de habas y reducción de vino banco y limón. La idea, genial. El resultado, algo confuso por lo agridulce del plato y el constante uso de la quínoa.

Sabrosa una porción de fettuccini altiplánico y bastante duro un filete recocinado con salsa de arrope y ragout de patasca.

Los vinos fueron infinitamente superiores: al William Cole de un comienzo se sumó Anakena Ona chardonnay; Parcela 7 de von Siebenthal y Tres Palacios Gran Reserva, para finalizar con Oporto Ferreira Blanco y un postre de chumbeques con helado y chocolate con una mousse de arrope.

¿Qué nos queda luego de esta presentación?

Un mar de incertidumbres. Si la cocina del hotel es lo que degustamos, más les vale a sus directivos cambiar la oferta. Si lo que probamos fueron productos del norte chileno, preocúpense de traer buena materia prima. Por esta vez dejaremos pasar este gafe ya que el chef merece ampararse bajo el beneficio de la duda, pero si el error se repite, no duden que publicaremos nombres y apellidos.

Para eso estamos. Para guiar a nuestros lectores.