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Fachada exterior

martes, 2 de agosto de 2016

EL REGRESO DE DON EXE

 
LOS TATUAJES DE LA DOMINGA

Mis lectores podrán saber que la depresión es producida por factores externos que influyen en el cerebro humano. Ayer amanecí mal y me sentí más viejo que nunca. Tanto, que casi no escribo esta columna (para el beneplácito de mis detractores). Sin embargo, aquí me tienen, contándoles parte de mis avatares gastronómicos… y de los otros.

No soy un retrogrado y eso lo deben saber todos. Adoro a las chicas que saben vestirse y acicalarse. Muchas veces he alabado incluso un pequeño diamantito incrustado en la nariz (siempre y cuando sea un diamante y no un pedazo de vidrio) o un sensual tatuaje en la nuca. Pero cuando conocí a Dominga, todo cambió en mí.

Son cachos que me manda la parentela de mis hijos. Ellos imaginan que a mi edad ya no me atrae nada más que los perniles al horno o los riñones al Jerez. Por eso decidieron llamar y pedirme que cobijara en mi departamento durante dos días a Dominga, una chica provinciana, hija de la amiga de la amiga de una parienta, que venía a hacerse unos exámenes al hospital de la U.C. Como yo soy el único del lote que vive en el centro y la famosa clínica está cerca de mi vivienda, apelaron a este vejestorio. Era un par de días y mi hijo requeteconra juró que me recompensaría. Y como los tiempos no están para hacerle el quite a las lucas, acepté, previo pago del 50% por adelantado… como en las películas de asesinos a sueldo.

Menos mal que la petisa conocía Santiago y un día de la semana pasada golpeó la puerta de mi departamento. Era una morenita muy mona y jovial. Antes que me dijera nada, le leí las instrucciones.

Linda: Uno) No soy tu tío, así que me dirás Exe. Dos) No tienes permiso para salir de noche. Tres) Vas a cocinar estos días. Si te falta algo, vas y lo compras en el almacén de la esquina. Cuatro) Los puchos y las botellas de trago son mías. Si quieres beber, es tu problema. Cinco) Ni se te ocurra encontrar feo mi gato dorado que tengo en la entrada del departamento.

- ¿Algo más Exe?
- Por cierto. Si quieres escuchar música electrónica, ocupa tus audífonos.
- ¿Puedo darme una ducha? En realidad vengo cansadísima y quiero relajarme.
- Mira, Domi, mientras sigas los consejos, siéntete como en casa. A propósito, ¿qué exámenes vienes a hacerte?
- A las glándulas tiroideas, ti…, perdón, Exe. En mi Osorno no cachan ni una de eso.
- No importa. ¿Estudias?
- Sí. Estoy en primero
- ¿Primer año de qué?
- Periodismo.

Lancé una carcajada de esas que hacía años no me permitía.

- ¿Periodismo? ¿Para qué?
- Ha sido la ilusión de toda mi vida.
- ¿Y sabrías qué hacer una vez titulada?
- Aun no, pero me gusta la tele.

No estaba nada de mala la enanita. Era bajita pero todo lo tenía muy bien puesto. La deje divagar con su periodismo ya que no era de mi incumbencia. Pobre guacha, pensé, otra que se pierde en esa ingrata profesión.

Tanta lástima me dio que pensé invitarla a cenar. Debería haberme arrepentido.

Parte de su espalda se veía cuando salió de la ducha. En un principio no identifique nada pero luego me percaté que toda su retaguardia estaba llena de tatuajes. También los divisé en sus muslos y nalgas. Era, por así decirlo, un cuaderno de dibujo andante. Cuando regresó, después de vestirse, nada de ello se veía. La Domi tatuaba su cuerpo sólo para ella… al menos en invierno o alguien que la viera en pelotas.

- ¿Cuántos años tienes, Domi?
- El 27 de octubre cumplo los 19.
- ¿Tu mamá te deja hacerte esos tatuajes?
- Ella me lleva, contestó. Mi mamá es joven aun, tiene 38. “Y no me llames Domi. ¡Mi nombre es Dominga!

Uff, razoné. Si la mamá tiene 38 debe estar para tirarle las manos. La pendeja, Domi o Dominga no estaba nada de mal, pero sólo tenía 19 añitos. Y eso es perversión. Me acerqué al gato dorado y lo miré a los ojos. Él movía su mano de arriba hacia abajo y su cara sonreía. Por primera vez no le creí, así que le di vueltas y lo dejé mirando la muralla. ¡Esto no es suerte, gato de mierda. Es pura mala cueva!
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- Nos llegaron ranitas don Exe, me cuenta el mozo de la Confitería Torres apenas nos asomamos por el condumio. ¿Las prefiere con ensalada o puré picante? Y su nieta ¿qué va a cenar?
- Si fuera mi nieta no la traería a este tugurio, le respondí ofuscado. Es la hija de una amiga.

Una pechuga de pollo con dos porciones de papas fritas y harto ketchup fue su pedido. Yo acompañé mis ranitas con un grueso tinto y ella pidió un jugo de chirimoya. Tras la ingesta, solicité un fernet con menta y ella dos bolitas de helado de vainilla. Definitivamente, varias generaciones nos separaban.

Dormía plácidamente cuando siento sonidos en la puerta. La Domi prende la luz de mi dormitorio y dice que le duele el estómago.

- ¿Fuiste al baño, Dominga?
- Cuatro veces. Pero nada de nada. ¿Tienes algo para mi dolor de guata?

Aparte de sal de fruta, omeprazol y bicarbonato, no tenía nada más para esas molestias. Nada de eso le haría bien a esa hora.

- ¡Tengo frío!
- ¿Qué puedo hacer por ti?
- ¿Y si sobas mi barriguita?

¡Ahí estaba la sonrisa del gato de mierda! De pronto recordé que hace un tiempo me habían regalado un guatero eléctrico y lo busqué en el closet. Calenté agua y le preparé una taza con cascara de naranjas… al menos algo, pensé. “Gracias Exe, dice cuando le llevé el agüita a su cuarto. ¿Sobarías mi guatita?

Amanecí enfadado. Me miré al espejo y me sentí viejo y acabado. La Dominga estaba como para cantar Aleluya pero la conciencia me ganó. El ángel bueno le propinó una paliza al ángel malo… Y aquí me tienen, con depre y aburrido. Ella se hizo los exámenes y regresó a sus tierras. Yo, mientras, metido en Internet, busco sitios que hagan tatuajes a veteranos de la tercera edad. Me gustaría tatuarme un jote en la espalda, de esos que dan vueltas y vueltas esperando a su víctima. Algo parecido a lo que fue mi vida en esos años que nunca volverán.

Exequiel Quintanilla