de 12 a 24 hrs.de lunes a sábado

de 12 a 24 hrs.de lunes a sábado
Fachada exterior

martes, 2 de agosto de 2016

TURISMO


 
CUATRO DÍAS DE PRECISION SUIZA

María Yolanda González
(Texto original publicado en revista Placeres, 2015)

Nunca fue uno de mis destinos “obsesivos”, me arrepiento. Exactamente a la hora estipulada  aterrizamos en  Zurich, para  tomar el tren a Berna, la capital. Una hora  y cinco minutos después arrastro mi maleta hacia el hotel Schweizerhof Bern que se divisa desde la estación. Una fachada tranquila, quitada de bulla, y tras la puerta toda la vocación de servicio helvético, y la opulencia del buen gusto combinado con modernidad. No por nada entre sus huéspedes se encuentran los ex y los actuales  reyes de España, el legendario dueño de Fiat, Gianni Agnelli y los príncipes de Mónaco. El summum del confort incluye todos los amenities Bulgari, quinientos metros de spa, el gerente del lounge lobby bar Andy Walch premiado como Sommelier del año 2014, una espectacular terraza que  fue locación de  películas de la saga de James Bond, un Cigar Lounge, y un chef japonés licenciado en fogu, la delicia culinaria más peligrosa del mundo.
Una hora después camino por el casco viejo de Berna, que al contrario de otras ciudades medievales, tiene una avenida  insólitamente ancha. Entonces, las casas eran de madera, y si se incendiaba una vereda, no afectaba la otra. Ahí mismo se encuentra el emblema  ciudadano, la llamada Torre del Reloj. Un mecanismo  perfecto y complejo creado en el siglo XV, que funciona “como reloj suizo”, y hace que decenas de figuras colorinches se activen a distintos tiempos al dar la hora. A pasos del reloj por si se encuentra en apuros, dos biombos metálicos ponen un velo de discreción a los urinarios públicos. Vedado a  pudorosos….

Los edificios antiguos de Berna, lucen en sus balcones auténticos  adornos  en  láminas de oro. Recorrer el caso viejo toma poco  más de una hora y si llueve, lo mejor es caminar por  sus “arcades” que constituyen el paseo cubierto más largo de Europa.
En tranvía se llega directo al Parque de las Rosas, pasando  por el  enorme bloque de edificios del Bundeshaus,  sede del gobierno y el parlamento Desde la altura se ve perfectamente la conformación peninsular de Berna, el parque de los osos que deambulan libremente, y su paisaje de cuento irrumpiendo entre dos aguas. En Berna se habla alemán, pero como los niños suizos aprenden alemán, francés e italiano, también se habla inglés.

Es cerca del mediodía y mi maravillosa Swiss Travel Pass  me permite tomar bus, tren, tranvía o un bote. El tren me lleva a  Emmental que produce quesos desde 1741. Un restaurante  lleno de familias, un museo y sala de ventas, y un “Stöckli”  dedicado a mostrar cómo se hacia el queso en la antigüedad son las atracciones. Pero lo mejor… el maestro quesero que vestido de traje tradicional y habilidad de mago, realiza el largo proceso de transformar como en la antigüedad -a fuego vivo mediante una hoguera de leña-,  la leche en queso.
Volver a Berna, es ver paisajes de Heidi y “el abuelito dime tú”. Sólo la vista vale el viaje.

Nada sería mejor que ir al spa del hotel, pero viajar desde el fin del mundo pasa la cuenta……no soy capaz!!! Mi máximo esfuerzo consistirá en cambiarme ropa para cenar, a las 19,30 en un ex granero.
El Kornhauskeller considerado hoy entre los mejores exponentes del Alto Barroco Bernesiano fue construido en 1711 para guardar en sus tres pisos superiores granos, mientras  el primero se utilizó como mercado y bodega de vinos. Entonces se decía que Venecia estaba sobre agua, mientras Berna sobre vino. Tuvo varios usos, hasta que la familia Bindella abrió un restaurante sorprendente, con gigantescas lámparas de lágrimas, un segundo piso abalconado como palco del Municipal, y  una cava  con más de mil etiquetas. Tiene el aire de un  precioso rincón del pasado, como todo el centro de la ciudad.

Puro arte a la orilla del Rhin
En la estación de Berna, a  las 8.04 parte el InterCity 960 que estará en 55 minutos en Basilea.  Con  2000 años de antigüedad, Basilea  es hoy uno de los centros científicos más importantes del mundo, casa matriz de la industria químico farmacéutica global, y sede del mayor centro de ferias. Sus 200 mil habitantes tienen una de las ciudades con mejor calidad de vida del planeta.

Allí nació el innovador Swiss Stile arquitectónico que combina tradición y futuro, y también allí un tercio de los ganadores de los premios Pritzker (equivalente al Nobel de arquitectura), han dejado su huella. Mi primer impacto se lo debo a Herzog & de Meuron, autores del CityLounge Central del nuevo recinto de ferias. Indescriptible, me quedo como “la Carmela de San Rosendo”. Es el mejor preámbulo al ingreso a  Baselworld la feria mundial más grande del orbe dedicada a relojes, joyas e insumos, es decir, brillantes, perlas, piedras y maquinarias. En sus sofisticados estands  se realizan las mayores transacciones y se exhiben las tendencias. Un café después del impacto viene bien, y da la oportunidad de observar ese mundo de compradores de lujo, también de ver- para deleite de hombres bien vestidos-, a preciosas mujeres asiáticas que los hacen dar vuelta la cabeza.

Cientos de marcas se potencian en sus pabellones con espacios acordes al prestigio, y salones que ofrecen desde agua termal a champagne francés, pasando por caviar. El sello decorativo, miles de delicadas calas naturales en todas partes incluso colgando del techo.
Entre tanta sofisticación, una vitrina llena de juguetes. Es la impronta de  Romain Jerome, los start up de la relojería suiza que desde 2004 han  instalaron una  filosofía contemporánea en la relojería masculina. Un tributo a la rica historia del hombre a través de sus iconos y leyendas. ¿La fórmula?, el ADN de la tierra, el mar y el aire, insertados en los relojes, como polvo traído de la luna y certificado- me señala Gregory Oswald su joven gerente de marketing-, o acero del Titanic, o cenizas del volcán que explotó en Islandia en el 2010. Lo mismo ocurre con el modelo Berlín ADN cuyas piezas, cuenta Gregory, contienen una fracción del muro, y que en oscuridad permiten ver una línea levadiza, significando de la libertad. Batman también está, limitado a 75 relojes agotados. Las maquinarias son manuales y completamente hechas en Suiza.

Son sueños hechos realidad, posibilitando que cada hombre sienta que tiene una pieza única. Tanto es así, que uno de los modelos motiva la aparición de una pequeña mancha en la piel, que obviamente es diferente en cada persona. Sus precios pueden alcanzar los 85 mil Euros, y hay piezas que se venden sólo en la tienda de Ginebra. Al cliente se invita con pasaje y estadía; el público, entre 25 y 40 años.
Vuelvo a la realidad cerca de las 3 de la tarde, caminando a orillas del Rhin. Viene el relax, y  duermo como en mi cama,  en el cemento de los escalones a orillas del rio. Es primavera y la gente disfruta del lugar y la vista. Basilea da para todos los gustos, las compras y los panoramas. El mío esta noche es a las 18,30  en el Volkshaus Basel  cerca de Claraplatz. Un restaurante recién remodelado y  precedido por una gran barra de cervezas. En mi mesa, Nora Reith, que trabaja en Basilea y todos los días cruza en bicicleta o bus la frontera para dormir en su casa en Alemania. Dentro del Volkhaus, Basilea es una fiesta de buena onda y sabores.  ¿Quién dijo que Suiza era aburrido?

De La Prairie a la viña del Emperador
A las 9,34 desde Berna el tren  parte  a Montreux, vía Lausanne con un paisaje enmarcado por los Alpes. A  las 11.30 piso la prestigiosa Clínica La Prarie, ubicada en Clarens, una villa apacible y chic, a orillas del lago Leman. Allí es donde altos ejecutivos van a tratamientos de revitalización, post accidentados a recuperarse integralmente, y mujeres y hombres se deshacen de distintos tipos de stress y aprovechan de rejuvenecerse u embellecerse. Cincuenta médicos  conforman el staff cuenta al almuerzo Eirini Tigkaraki, su relacionadora publica griega. Todo es perfecto. Y una novedad,  la Prarie no hace cremas; vendió la marca para su fabricación  al mismo laboratorio de Nivea. Lo otro, la mayoría de los pacientes hoy son rusos y chinos. El Castillo, los paisajes, la piscina, sus salas de relax, su placidez… ¡me quedaría a vivir y ver el famoso Festival de Jazz de Montreux, auspiciado por La Prairie, que comienza en julio!

Terminado el almuerzo (chef francés con estrella Michelin de por medio), partimos rumbo a Epesses a la viña La Republique establecida en 1552 frente al lago Ginebra, que con solo 34 hectáreas tiene reconocimientos globales. En el camino se  divisa la viña del Emperador de Japón, un pequeño triangulo en altura. Partick Fonjallaz -nuestro anfitrión y dueño-,  pertenece a la 12 generación de productores. Su estrella, la cepa Chassealas. En la pérgola el paisaje es espectacular y su Pinot Noir también.
A media tarde, y a poco andar en Grandvaux está el Auberge de la Gare, para el mejor aperitivo que alguien se pueda imaginar; una joyita con cinco acogedoras habitaciones con vista al lago Ginebra, un huerto para proveerse, un restaurante con recomendación Michelin, una tarraza espectacular y precios como cualquier lugar de Santiago. Si uno quiere irse a Ginebra… el tren se toma en la vereda del frente.

Carougue, la debutante
Nada más amigable que Ginebra, punto de partida en la peregrinación a Santiago de Compostela en España, sede la Naciones Unidas, y del CERN -el mayor laboratorio del mundo para la física de partículas-, cuna de la Cruz Roja y la  Media Luna Roja, de la alta relojería, pero por sobre todo un lugar bello, amable. Por algo Borges dijo: de todas las ciudades del planeta, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad.

El casco antiguo lo preside la Catedral de San Pedro, cuna del protestantismo, lo atravesamos en medio de un recreo estudiantil, no hay cierres ni rejas, a nadie se le ocurriría escapar. El Muro de los Reformadores es un cuerpo monumental, y caminado veremos incluso el Jet d Eau, famoso surtidor de agua de 140 metros de alto. También pasamos por los mercados, en pleno centro, donde los porotos verdes y las zanahorias se presentan como piezas de arte.
A pocas cuadras, Benoit Mondié, nos introduce al mundo de Victorinox, flag ship de la Swiss Army y que no tiene nada que ver con lo que uno encuentra en Chile. Ahí está la primera cortaplumas hecha para el Ejercito suizo, las preciosas ediciones limitadas actuales de cortaplumas y perfumes, la edición especial en dorado con motivos para el mercado chino, la funcional e ingeniosa maleta ganadora del  premio europeo de diseño,  tecnología de última generación para la ropa deportiva; y la guinda de la torta, la posibilidad de que cada persona pueda hacer su propia cortaplumas y grabarla. Servicio y amabilidad suiza, de comienzo a fin.

Al medio día almuerzo en el Café du  Centre, un clásico en plena Place du Molard, corazón de la zona financiera, donde las sillas de las terrazas lucen cálidos cueros de oveja para protegerse del frío. En las paredes de esta antigua brasserie, escenas de la belle époque. Pido el tradicional Perch fillet, y no me equivoco. Al salir, los abrigos se recogen en el perchero del vestíbulo, antes de la puerta de entrada, en plena calle, a nadie se le ocurre que podría faltar algo.
Caminando se llega a otro clásico, la Bonbonniere, chocolatería de larga tradición familiar,  donde jóvenes y sonrientes chocolateros franceses, que a diario cruzan la frontera a sus casas, hacen las escultóricas figuras que exhibe la vitrina. Pero no es así nomás, han estudiado en rigurosas escuelas de cocina y servicio, lo que no impide que por las fotos  que exhiben en la pared, se vea que lo pasan bomba.

Muy cerca está la Rue du Rhone, que, concentra todas las marcas más importantes del mundo, nada que envidiarle a Champs Elysees ni al Triángulo de Oro de Milán, y está al borde del lago, en un paisaje precioso y…todo tentador ¡¡una perdición!!

Nada mejor que finalizar el día en Carouge, el Greenwich Village de Ginebra en el sofisticado y ondero Le Flacon que abrió en 2012, cuya cocina acristalada esta vista a la calle, y ofrece el  mejor pescado que he comido en mi vida. A la cabeza de su cocina está Yoanni Vautier, tan joven que parece un niño, y ya con una estrella Michelin a su haber. Indispensable, un poco de producción para no desentonar y toda una experiencia, irrepetible.
Ha sido intenso, pero vuelvo en la mejor business de Europa. El chef Andreas Schwab, 13 puntos Gault Millau y una estrella Michelin es el encargado de la “Swiss, sabores de Suiza”, una cocina con fuertes raíces regionales, que también deleita a la clase turista del avión con platos tamaño restaurante, junto a los mejores vinos, chocolates suizos, tés Sirocco  y helados de Movenpick. Dos metros de cama, me permiten dormir mientras “atravesamos el charco”.