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Fachada exterior

miércoles, 21 de septiembre de 2011

LOS CONDUMIOS DE DON EXE



LA MOROCHA

Se suponía que pasaría las Fiestas Patrias con Mathy, pues ya había superado su malestar por los desencuentros que tuvimos el día de su llegada tras un mes en Iquique. Sin embargo algo falló. Nada más ni nada menos que la visita de su hermana mayor, una veterana llena de cirugías plásticas y que vive en Buenos Aires hace rato ya. Mathy me pidió disculpas y que si quería, las acompañaba. Pero el tan sólo hecho de encontrarme con esa fulana me daba nauseas. Había visto sus fotos y realmente más que hermana parecía un travesti… y vieja para más encima. Finalmente le dije que no se preocupara ya que tenía muchas ganas de descansar, dormir y patanear sin que nadie me molestara.

- ¿Estás seguro Exe?
- Por supuesto Mathy. Regalonea a tu hermanita ya que hace años no la ves.
- ¿Y nosotros?
- Tenemos toda la vida por delante, - exageré.
- ¡Gracias Exe! Prometo no soltarte la próxima semana.

¡Yupiii!, grité cuando colgó el teléfono. La bruja de su hermana me salvó de un 18 aburrido. No es que Mathy me fastidie, pero este último tiempo quiere que coma sanito y que ojalá mi bebida sea tecito puro o a lo más con un chorrito de leche. Se había preocupado ya que el colesterol me salió un poquitín elevado y me quiere cuidar más que botón de oro. Ustedes comprenderán que un 18 sin empanadas ni vino tinto es como para suicidarse.

Mal me fue en los primeros aprontes. Mi paquita estaba de turno y para más encima acuertelada en la comisaría. La peruanita no estaba en Chile y Colomba no tenia con quien dejar a sus retoños. Claudita se fue al extranjero y la loca de la moto partió a mochilear a Los Molles. Aun así presentía que mis fiestas estarían buenas. Mis hijos hicieron el resto ya que me abonaron en la cuenta un aguinaldo para pasar de buen tono las fiestas. Por lo menos las faltriqueras estaban llenitas.

Me entretuve viendo bailar cueca en la Plaza Ñuñoa el 18 en la mañana. Bueno, eso de que me entretuve es un decir ya que después de la tercera patita, como que aburren un poco. Así que mi vista se fue a los primeros primores del año ya que el día estaba soleado y las lolitas se comienzan a sacar de a poco la ropa y asoman esas poleritas escotadas veraniegas que tanto me agradan. De la cueca a los primores y de ahí a Las Lanzas, para comenzar mis Fiestas Patrias.

Encaminaba mis pasos a Las Lanzas cuando me percaté de una chica muy mona que estaba con los ojos llorosos y sentada en un banco de la plaza. Me acerqué y como tan bruto no soy como para preguntarle que le pasaba, cambié mi pregunta.

- ¿La molesto? ¿Sabe usted si hay un cajero automático por aquí?
- ¿Perdón?
- Lo siento si la molesté, pero ando tras un cajero automático.
- En Irarrázabal hay cientos, - responde, subiéndose los mocos.

Le pasé un paquete de pañuelos desechables. “Para que llores tranquila”, dije.
Ella me mira y sonríe. –Gracias, dice. –Mi novio me abandonó.
- ¿Y tu novio merece esas lágrimas?
- En realidad no, es un hijo de la gran puta
- ¿Cómo te llamas?, le pregunté mientras pensaba que por su léxico podría ser profesora de castellano o parvularia.
- Francisca, pero me dicen Fran. ¿Y tú?
- Exequiel, pero me dicen Exe.
- ¿Que edad tienes Exe?
- La suficiente para saber que no hay que llorar por lo que no vale la pena. ¿Me acompañas a almorzar aquí al frente?
- Me haría bien, Exe. Vamos.

Así comenzó mi 18. Como soy un caballero no le pregunté la edad pero debería andar rozando los 33, mi edad favorita. Ella pidió un Martini en vodka (sabía algo de tragos parece), y yo un pillín (pisco con Ginger ale) ya que el Martini hace estragos en mí cabeza. Comimos empanaditas de queso y luego, con un buen vino, ella se decidió por una plateada con ensaladas (cuida su figura y qué figura), y yo unos riñoncitos al Jerez con arroz (para darle un ánimo a mi colesterol). Hablamos de la vida, de su ex novio, de Mathy, de la primavera y de los sueños no cumplidos. Rió cuando supo que era del barrio y que lo del cajero automático era sólo una forma de involucrarme con ella. Fran también era ñuñoína. Y más cerca de lo que yo creía ya que vivía en un edificio contiguo con su abuelita (en todos las historias hay una abuela. Ni idea el porqué, pero son efectivas).

Cuento corto, los astros nuevamente se alinearon y salimos más que contentos de Las Lanzas. – “No quiero estar sola”, me dice, y la invité a un café en mi departamento.

- Tu comprenderás que sólo un café. ¿Está claro?
- Tan claro como el alquitrán, mi querida Fran.

Bebió su café. Por lo menos ya no estaba triste. Cuando vio una foto en una mesa lateral preguntó – “¿Esa es Mathy?... ¡Está bien buenamoza para la edad que tiene!”

Le perdoné su falta de tino ya que estaba embelesado con ella. A decir verdad, la morocha estaba bien rica.

- ¿Qué haremos esta noche, Exe?

Cáspita, ¡habría noche! El problema es que no me gustan las fondas ni menos el ambiente. Tampoco me dio el coraje para invitarla a un pollito al velador. Así que rápidamente le propuse una velada en La Destilería, equidistante de su morada y de la mía.

- ¡No he ido nunca allí!
- Yo tampoco, mentí, pero me parece un buen lugar para seguir conociéndonos.
- ¿A las 9?
- A las 9.

Se fue y me mandé una siesta de esas bien roncadas.

Noche festiva en La Destilería. Mucha gente y arrinconados en una mesa del segundo piso, rogué a Dios que a la paquita no se le ocurriera hacer una redada por estos lares. De Mathy no me preocupé ya que este condumio no está en sus libros. Dos rondas de piscolas y picoteos varios, entre ellos unas papas bravas de miedo y dos churrascos italianos que sacan suspiros. Salimos medio mareados, pero como no manejábamos, cero problema. Amable ella, quiso pagar la cuenta. Más amable yo, no la dejé. Le ofrecí, ya no un café sino un whisky en mi departamento. Me dio un beso cuneteado y me dice -¡Vamos, que se hace tarde!

….

Cuando desperté no sabía dónde estaba, la hora que era, ni nada. La cama estaba revuelta y yo también. Ni rastros de la morocha. Me dolía la cabeza, ¿habrá sido la pastillita azul? Partí calato a la cocina para saciar mi sed y al abrir la puerta del refrigerador (¿se han dado cuenta mis lectores que siempre los mensajes se dejan allí?), me encontré con un post amarillo que decía:

“Gracias Exe. Fue maravilloso conocerte. No me atreví a despertarte pero en casa me espera mi abuelita y el hijo de puta de mi novio. De amanecida y por celular me ofreció matrimonio. Si alguna vez te encuentras conmigo, por favor no me saludes, hazte el desentendido. Y si esbozas una sonrisa, sabré que te he hecho feliz.”

Mientras miro de soslayo la Parada Militar y escribo esta nota, leo y releo la nota de la morocha. Sólo le deseo buena suerte.

¡Viva Chile, mierda!

Exequiel Quintanilla

La Destilería: Manuel de Salas 155, Ñuñoa, fono 344 4551